viernes, 18 de septiembre de 2015

RASTROS INFINITOS

Imagen cogida de la red




RASTROS INFINITOS




No solo es el luto que arrastran las palabras, ni el mercado que trafica
con genitales y tiliches y torna resplandeciente la concavidad del arpa calcinada
de la piedra en el aliento. (Hay presagios en el bosque del quejido.)
Es este aliento corroído en la entraña, la piedra insaciable de la rabia.
Uno sabe ya que vivimos en una especie de anfiteatro; somos cazadores
de levitaciones; buscamos durante las semanas, esos rastros infinitos
de la cripta y su memoria de espejos grises.
Más allá de cualquier fragancia a polilla, las esquirlas de salmuera y las libélulas
como pequeños vigías sobre la cruz: el tiempo tiene su propio candil.
En la hoja irrestañada de los meses, la piocha de los sepultureros, el abrelatas
del conjuro, el ojal acaso, por donde entra la fatalidad.
En la vigilia consumamos la desesperación de las palabras, o los nombres
en la gota de espelma que cae al vacío.
Hacia lo inescrutable, solo esa sensación de luciérnaga amarga.
Todo se va en las aguas o queda debajo de las lápidas. Toda destrucción resulta
irreparable, más cuando el miedo coge su propia identidad, cuando el oleaje
de la búsqueda es desconcierto, y consigo se agota el misterio.
(De pronto el rostro de la noche nos revela su partitura: la relojería de aguas
oscuras, las estelas de los Evangelios, la modorra de los candelabros,
los postigos recurrentes de los fósforos sobre el encaje desasido del último
aliento.) La memoria en su conjunto, se nutre de los desniveles de la historia.
Ahora, por si acaso, debo releer la brújula del alfabeto.
Barataria, 09.IX.2015

No hay comentarios: