lunes, 14 de septiembre de 2015

SEMÁFORO

Imagen cogida de la red





SEMÁFORO




El universo es espléndido, pero abigarrado. No caben en ninguna parte los retratos, ni la discreción a sospecha de la penumbra. En las vestimentas de cada circunstancia se levantan los presentes que a menudo fingen primaveras: uno se estremece ante las semillas de lo póstumo, ante los designios del murmullo. Uno de pronto prospera en los despotismos de la noche, en la danza de la muerte, a propósito de Ícaro. En los semáforos las edades seminales de las cofradías, el tintero a media asta de las palabras; ellas prosperan en las alcantarillas o en las fauces de los antros con olor a tabaco percudido y sudores de eficaz podredumbre. En la sencillez del candil, la flama descalza, recorre la metafísica dantesca de los días postreros. En esta antología de antifaces, la esquirla es apenas un itinerario de inexplicables vientos o si se quiere un recuerdo del traspié. Desde esos avatares arcaicos del tiempo, las muchas rocas acercándose a la intimidad de la boca o las bocas. Montamos guardia ante el ojo pervertido, y colocamos fragmentos de dignidad a las semanas. Sé que las puertas o ventanas guardan ese drama que pervive en las pupilas, lo trágico y purificador de los contrarios, el prólogo evasivo a las incongruencias. En la arquitectura del tiempo, el prensapapel de los minutos en el júbilo demiurgo del aliento; reímos dolidos de incongruencias: hay túmulos henchidos en los zapatos que no se traducen necesariamente en poesía. Caminamos pero siempre experimentamos el cautiverio precisamente porque somos seres históricos, seres que a diario cumplen con epílogos, seres que exceden a sus culpas. En esta cabalgata, la verdad no sé  hacia qué rumbo palpitan las horas y si en el camino, sólo hay inquisidores o también ajusticiados. Al término memorable de los semáforos, la danza reclama su propio espacio. Es tal cual, desde mi humanidad: las idas y regresos del viento, la inocencia y la adustez, la mudanza y el erotismo desmontado de su pedestal: todo en una especie de contrapunto, diálogo interior, conciencia sin ataduras. El poema después de todo es otro cuerpo no menos cierto que los cuerpos apretados del sudor, resquebrajados de lluvias, espasmos y jadeos. Nos hemos robado el fuego, sobre el horizonte de la flecha roja del sinfín, el pescador de realidades en los hondos racimos de las sombras de la historia. Alrededor del poema, la tierra amanecida de los pájaros, el grito, las infancias sepultadas, o desnudas como la albahaca en el olfato, o el epazote disperso en los poros. Ante ese último primer cielo del poema, las aguas destrenzan la escarcha de la tinta: quizá perviva el tatuaje como los evangelios apócrifos del movimiento. Cada quemadura es solo constancia del tiempo innumerable. (Caigo en la cuenta de que nadie comprende esta oscuridad que atraviesa la cara, manos y vacíos. Noches. Olvidos, no; ni descanso. ¿Quién duerme arrodillado en el extravío? ¿Qué hombre o mujer encuentra la luz sin el crujir de dientes? Bajo las aguas negras, los cementerios clandestinos, las elegías como un foco de invierno, los oscuros caminos del desamor.) Al pájaro de la geografía, las puertas escondidas del día, los discursos compulsivos del zodiaco, el espejismo doméstico que nos lleva al desatino. En la diaria existencia de los cansancios, los ciegos inodoros de la respiración, el filo masticado de los plumajes, las apasionadas conferencias de prensa.... Hoy en día sin duda , se habla de inventarios, pues bien, el poeta también hace los suyos desde su interioridad, de la calle, del vecindario: el mundo nos da retortijones, y náuseas; es probable que necesitemos sedantes, o, el olor a panadería de los amores tropicales. Aunque no lo queramos, siempre estamos recordando, las justicias y las injusticias, los amigos, los enemigos. Nos preguntamos, quién diablos nos roba el azúcar, la sal y nos deja el vinagre, dónde duermen los puntos suspensivos y el cuarto que nos proteja de la noche de todos estos días presentes y venideros. Quizá en la ebriedad de la leche verde, o amarilla, o qué se yo de la cópula, emerja un nuevo parpadeo; nos devuelvan el olor a madera, o ese espejo carnal de las liturgias íntimas del paroxismo. Hay urgencias que le quitan la ropa a las mareas. Debo alzarme desde la noche al día, alargando algunas palabras de la memoria, sacando del cántaro el agua o las aguas, el peltre de las luciérnagas. Quizá sólo llegue a la puerta: la poesía como tal es inasible, no es la palabra, no es la "inspiración", no es el mundo ni las distancias. Ante lo procaz de la realidad donde quedan las sombras, el ojo de agua del horizonte, el barro que anda entre nosotros. Supongo que la poesía será mucho más que eso, mucho más que el gentío en los mercados, mucho más que el delirio de las aguas llovidas, mucho más más que los dueños de este mundo. Y, sin embargo, la palabra es nuestra. Desde el antepasado murmullo de la conciencia, desde la intemperie laboriosa de las ventanas....
Barataria, 2015


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