jueves, 17 de septiembre de 2015

SEMÁFORO

Imagen cogida de la red




SEMÁFORO




A menudo es la intuición poética la que nos ayuda a atisbar, a conocer, a poetizar esas múltiples realidades. El leguaje no es un destino, sino el medio para desvelar esas ruinas que se yerguen apoteósicas sobre nuestras pupilas; de otro modo, nuestros días serían parecidos a un fotomontaje. Desde esta visión poética enunciamos todas las sombras y todos los bostezos, la fatiga, las formas deleznables de la vida: yo veo por doquier los problemas y la vida mediatizada y ciertos anacronismos que carecen de sentido y espíritu poético. No sólo de las entrañas de la hojarasca, sino de los dramas que exceden toda condición humana, nos vienen los tiliches de las sombras y el sínodo de saliva, y la moral deformada como un knock-out, ciertamente. No dudo, por lo demás, del papel que juegan los silencios: sólo callo cuando las sombras se apoderan de mi memoria. Uno no impone las agendas políticas ni sociales, ni culturales, ni económicas; son las élites de cualquier orientación. En esto hay que ser claros y objetivos. Una cosa es que nos digan que es nuestra agenda y otra, que en realidad lo sea. ¡Cuántas falacias! Las soledades van hablando en el camino, las mismas soledades entre sueños caníbales. Después de todo, no sabemos hacia dónde caminan los sarcófagos, ni qué vientos salobres muerden los espacios sordos de la desnudez. Y eso es así,  o supone el poeta que es así: uno regresa, pero hay algo que ha sido soterrado, o sencillamente no es igual. ¿Cuántas veces la vida lo pone a uno en estas encrucijadas, que de pronto hasta se pierde la cuenta? Enternece el firmamento cuando palpita en una hoja; lo sé después de asumir cirios y trabajar el poema sumido en mis propias sombras. Hay relojes extinguidos por alfileres que retumban en la patria: el poema en todo caso se escribe inventariando todas las soledades, ese otro sinfín que busca su cauce. Seguramente,  una catástrofe. Por suerte nos salva el poema y su almacén de alegrías y su balcón de vértigos. Debo soportar esta tortura con decoro, el hilo de la melancolía y sus hambres y pobrezas. Ojo y carne se conmueven como un dardo que desciende hasta los ijares. ¿Qué aliento sostiene la sombra de la madera? ¿Puede el tragaluz desinhibir los fragmentos inmortales de hollín, la noche de pútridos cementerios? ¿Entran victoriosos los cadáveres a los cementerios, sin gastar la poca saliva que les queda? Estoy en dirección a la polilla que mastica enloquecida los costados. Días largos o cortos, enhiestos de tiempo invasor. Uno va entre breña, maleza, sorteando esta suerte de carcoma. Es como si de pronto uno asesinara las flores, siguiendo el fragor del páramo terrestre. Hay substancias indescriptibles en todo este laberinto de olvidos. Ignoro si el poema es, en fin, el resumen de los vahos, el danzante del estupor, el desequilibrio en las encías o el mareo de los huesos. Bueno, cuando hay una búsqueda incesante y denodada, es bueno "Torcerle el cuello al cisne de engañoso plumaje": Este poema en su tiempo significó ruptura: yo rompo con mis propios demonios. Confieso, claro, que no sé si las noches por si solas se convierten en memoria, o sólo es confusión la desnudez recordada, el aire decadente que transita en medio de los ijares, la oscuridad que duele en el filo de la luz. Tampoco sabe uno si existe diálogo en las arqueologías, en estos ojos que ya no existen, en esta lluvia adolescente que ya no existe, en el sol cárdeno, ahora en los anaqueles del polvo. Detrás de los inventarios de la salmuera, está el puño de las últimas palabras: residuos, quizá, o simples dibujos que nos deja la muerte. Al final la vida nos lleva por árboles diferentes y no siempre existe el olvido, como tampoco dejan de existir los vacíos en la garganta, como tampoco dejan de tener sed los espejos… (Alguien ha dicho “el tiempo es una balanza donde todo se calibra”. Ciego, lento, sin fatiga, avanza entre calles y grutas, entre brazos, senos e ijares. Uno procura destejer los pañuelos del semen, los cordeles de la saliva. Hacia el futuro, las persianas inasibles de los portales de la esperanza.)  Es una lástima, pero es ley de la vida: la metáfora del reloj como involución humana, por supuesto. Uno, por más estoicismos no puede detener esa corriente poderosa del "sino", según los griegos. De todas maneras uno siempre está desnudo ante el paraje del otoño, ante lo que se sabe y no se acepta. Digamos que no existen pasadizos en donde guarecerse; existirán espejos, y con ellos histerias. Esta es mi modesta interpretación desde el poema, de toda esta rotación del tránsito en el que no hay piedad alguna, tampoco perversiones, sino un natural río, como el río de Quevedo, como ir y venir según Carlos Changmarín, como el traje de bodas de Leopoldo Marechal, o el cambio de sitio de Marco Aurelio, o como todos los elementos del universo de Xavier Villaurrutia, o los lechos mortuorios de Rainer María Rilke, o acaso ese despertar indoloro, maternal, acariciante, de Elías Nandino. A veces el tiempo se torna errático; pasa una eternidad el árbol de la existencia. De pronto las manos sangran casi como obligación ante lo arduo, lo fiero, lo extenuante de este trajín. A la hora del alba, el cierzo en los postes del tiempo como un centinela diurno.  A estas alturas de la escritura, me conformo con un minuto de luna, o de quinqué. De tantas horas se marchitan las manos, de tantas tumbas, el mar abierto o crucificado del aliento. ¿Sumo, resto u olvido? Supongo que nadie está cuerdo después de andar en un atlas ciego. Cuento los péndulos rotos de las mañanas, luego golpeo la cobija, o la acuarela que cuelga del dintel. Silencio y noche, sí. Cada uno es vaho, es humo, es calle, choza sin pesebre. Yo sigo, antologando alas, mordiendo el feudo del harapo, ahogando estos hervideros de granito. Escribo. El frío es verde, parpadea, desnuda como es, la tinta, la entraña que horada el pecho, el ijar del loto al punto del goteo. Así arribo al puerto de mis sombras, escribo para el viento y para los rieles remotos de la niebla; escribo balbuciente sobre la ceniza postrera que acogerá mis huesos; escribo tan solo para darle sentido a los hilos del suspiro. Escribo para las tarjetas postales sedientas de memoria; escribo para mis ángeles y demonios posibles. La palabra siempre resulta insuficiente.  Cuando las urgencias del aliento están cifradas por el reloj, quizá sea poco lo que pueda agregar a las impresiones personales sobre el poema: todo es recuerdo, después de todo, inclusive la claridad; uno quiere borrar la sal de nuestros pasos, los vahos de un suspiro largo como un tren interminable. ¡En qué rama del tiempo nos hundimos después de todo, si cuanto se ve, existe y toca, caduca? A veces, en las manos, el mundo es errático...
Barataria, 2015

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