jueves, 15 de octubre de 2015

POZA DEL ESPANTO

Imagen cogida de la red




POZA DEL ESPANTO




El miedo es quizá la mayor noche en medio de los mares: la destrucción
amarga, sin una pizca de azúcar; estas próximas semanas a merced de torpes
aceras, de altas oscuridades, de obstinadas noches, de dudosas victorias.
En la escalera desollada de los poros crecen los grifos sucios de este ventisquero: 
el país empluma de ceniza y de aguas de funestos vaticinios.
En el fósil invertebrado de los élitros, parece  que el calostro perdió su éxtasis.
—Uno no sabe, al final, sobre qué promontorio de parpadeos, el parpadeo
de uno no se apaga; si es la forma ahuecada la naturaleza del augurio.
Soy en esta cal que enturbia mis ojos, otro mendrugo del estorbo, ese ahogo
en la penumbra, el dolor hincado en mi lengua,
la rama torva del cielo, la sastrería acurrucada de las paranoias, la descarga
eléctrica que se derrite en las sienes, la pústula aniquilándome de serpientes,
junto al metal sordo del cuchillo entrando en la carne.
(El país es esta extraña náusea de múltiple hedor, de extraños relinchos
y pegajosa putrefacción: uno no ve, sino esta manera en que zumba y nos roen
carne y alma, alma y carne hasta ser sólo cadáver, o memoria, si acaso…
Ya al país le fluyen las ojeras y los cirios y el galope muerto del aliento.
Ya el país da alaridos de pus. Ya el país es un montoncito de heces sin desagüe.)
—Deja que esta brizna languidezca, —me dicen.
Deja a los cuerpos en su mortaja o sin ella: supongo que nunca hay adioses
felices; siempre venimos a sangrar desde las axilas los juegos de la muerte.
Barataria, 06.X.2015

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