lunes, 5 de octubre de 2015

PUERTA

Imagen cogida de la red




PUERTA




Caen los tobillos en medio de largos ataúdes: la lluvia tetelque sobre la piedra
nos desvela; a través de dinteles flotantes, la sombra de Diógenes en el umbral
de la puerta y en esos amarillos inasibles de los balcones o tejados.
(Uno siempre anda el porvenir en la punta de la lengua o en el entrecejo sombrío 
del infinito, o en la mugre acumulada en ciertas bóvedas.)
Nos ahogan los durmientes y su cobija de guijarros, el mendigo que lucha
contra las migajas, o el abandono que ya tiene raíces y ramas profundas.
La puerta se ha desmoronado y queda el frío y su feroz caricia a través
de sombras irresistibles. Nadie escapa a esta realidad inquisidora.
Nadie en tránsito. Nadie en el borroso pecho de la ceniza.
Hay hondonadas como una tormenta de ceniza.
Sólo a través de cierta locura es posible entender los caminos erizados
de escombros, los escenarios sin afeitar de la muerte, el tiempo y su escrúpulo,
la fogata de los techos, o la demencia sin itinerarios del aliento: en el umbral
quizá alguna vehemencia que nos devuelva algo de lluvia o pájaros.
Quizá los pies hagan que fluya el tiempo, pues todo es futuro incierto.
Quizá ahora el asco sea la permanencia justa en las palabras, la nebulosa
aguanosa de los cuerpos alrededor del hambre.
Sobre las argollas de la noche, los lugares sucios del deseo: las bisagras
de la herrumbre tan ciertas como el creciente prostíbulo de las palpitaciones.
A veces me da miedo este creciente río de ropa sucia sin lavanderías…
Barataria, 27.IX.2015

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