domingo, 25 de octubre de 2015

PUERTAS DECAPITADAS

Imagen cogida de la red




PUERTAS DECAPITADAS




Ante el musgo de plomo de las puertas, el umbral decapitado de los cántaros;
en la sombra las manos alcanzan los anillos de las sombras y sus años
de bisiesto otoño: días y noches las ventanas lamen al búho del  reloj hasta tocar 
el ojo amarillo del viento de los adioses.
En la antesala de la escarcha, el sabor de la noche sabe a ausencias.
Degollados ventana y espejos, solo queda el desatino para agarrarse del gesto
del cuchillo y su gotita de ecos apagados y su página hundida en un vaso
de sombras: después es fácil olvidar el sabor tetelque de los pájaros
entre huesos y húmedas extremidades.
Uno nunca sabe, por cierto, qué hace el servicio secreto de las sombras,
la lejanía y su mar de extravíos, las infidencias con el mecate al cuello,
los incisivos que destrozan la brama de los violines, o esta suerte de lluvia
donde desfilan todos los domingos a pulmón abierto.
Uno debe abrirse paso a través de las grietas del parpadeo: los minutos arden
en el celofán de cada golpe de ceniza, en la rapiña oscura de espectros.
Uno habita en este ambiente de súbitas decapitaciones: nos hartan dentaduras
ciegas y mochetas de rota polilla.
(La herrumbre es profunda como el polvo que nos abrasa.
La sombra de los féretros burbujea desde aquí al dintel dejando cicatrices.
Sobre el asta de la patria, el mercado y sus monedas extremas.)
Es terrible encontrarse cada mañana con kilómetros de niebla. Es terrible 
esta lección de dientes: crece el sopor y los ahogos y los dardos…
Barataria, 16.X.2015

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