miércoles, 18 de noviembre de 2015

CENIZAS DISPERSAS

Imagen cogida de carloscarreter.com




CENIZAS DISPERSAS



Alrededor de mi sombra y de la tuya, atávica la lluvia, la ceniza de nosotros
dispersa en la memoria, —ya la luz ha madurado en nuestros nombres.
Y el umbral está vacío como el áspero cántaro del paisaje en que vivimos.
¿Qué cosa es el tiempo cuando ya uno está vencido?
¿Qué litoral ciego nos da su libertad cuando han sido años, sin haber sido,
y apenas hasta hoy salta el pez de las manos?
Desde mis pies tristes o los tuyos, el aliento cansado de las sombras, el camino
azaroso de los brazos, el mismo pocillo de la noche abierto en su herida.
La rosa da miedo cuando se abre a la muerte.
Ante la claridad del día hacemos el  recuento, —siempre rememoro los juegos
y sus peligros, los delirios sin ley como una brasa, los sepias gratuitos
de la bruma, esa imagen de la perennidad a través del espejo de la tarde.
—Nadie vino entonces, salvo la oquedad y aquellos galopes inciertos
en el pecho, el despojo y ese río de miedos definitivos.
(Uno siempre camina junto al movimiento de las hojas, ardido de viento;
pero es la piedra que nos detiene cuando volamos, es el labio manchado
de tanto grito, el tiempo que no fue como debió haber sido: estanque, ventana,
y no orfandad, mucho menos dispersa ceniza.)
—Alrededor nuestro, y ahora que el camino se hace leve y el sol decrece,
¿qué del horizonte de la aurora y su infinito, de su ciudadanía?
Sé desde mis pasos, que toda memoria dura mientras no desfallezca el oleaje.
Si hay retorno es solo el gris de la melancolía y la pulverización
de las propias lavanderías: lo innoble del tiempo es vaguedad nostálgica.
Barataria, 09.XI.2015

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