domingo, 8 de noviembre de 2015

TESTIGO DE LA TORMENTA

Imagen cogida de la red




TESTIGO DE LA TORMENTA




Caminante eterno de la madera líquida del alma: testigo de extrañas aves.
Testigo de las quejas presentes, allí, en las aceras azotadas por el tabaco,
en las orillas donde no late el sol, (sino el antro y los cuchitriles),
en la risa lenta y enigmática de la noche. A través del agua el cortejo del goteo.
Mira cómo sollozan las hojas de la palpitación.
En el campo y la ciudad murmura el miasma y todos sus parajes oscuros.
¿Quién se atreve a recoger estos jirones de arcilla, a ocultarse en la hojarasca,
a no gemir cuando está anudado por la ciénaga? (Hueso tras hueso como hojas
carcomen la estancia o la partida. Uno conoce las sombras tras el destello
del relámpago, tras la pulsación del polvo convertido en ceniza. Tras ello,
el galope sumido en la angustia, el estatismo implacable de los muros.)
Rodeados por el pantano sordo de la agonía, el sosiego solo llega a recuerdo;
en cambio, la bestia, sigue entregada al fuego y la zozobra.
Después del sollozo, la rama seca del aliento.
Como entre las armaduras de la mugre, vivimos dentro de una jaula infiel.
Somos la carnada en la calle frente a la tormenta, el periódico reclinado
sobre las alcantarillas, ese blanco y negro de las democracias.
Siempre es una maravilla amanecer leyendo los periódicos y conocer, claro,
de primera mano, a los testaferros, sicarios y proxenetas. Ellos abren y cierran
cualquier puerta: jamás, hay punto de inflexión en el fango.
Uno aprende, ahora, que la tormenta carece de jurisprudencia y aplausos.
Uno aprende, —por supuesto— que hay lascivia en todo este himno salobre…
Barataria, 30.X.2015

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