sábado, 19 de diciembre de 2015

DENTELLADA DE LA SOMBRA

Imagen cogida de la red




DENTELLADA DE LA SOMBRA




Exiliadas las osamentas de cualquier murmullo, nos queda el incesante latido
de las cloacas y su follaje de frenético fuego. Nos queda el alfiler
de la dentellada, o el aullido del tizón en el burbujeo de las luciérnagas.
Tantas bocas para comer qué hambres, los zapatos desorientados guiando
los caminos, el cuerpo duro de la piedra hacia qué éxtasis.
¿Purificamos acaso los fuegos del artificio? ¿A quién le resarcimos la alegría,
después de tantas osamentas y vertiginosos grises? A veces parecen insoportables 
los resortes de la insolencia,
las fogatas en las olvidadas almohadas de la memoria, el coágulo del vitral
en la punta de los dedos: nos hemos vuelto indispensables para el espejismo,
el absurdo es la línea paralela a nuestras sienes, al fragor del balbuceo
sobre la llaga amarga de las entrañas.
Nunca fue tan cierto el ámbar abisal de los relámpagos, a este haz
de sonambulismo dilatándose en el paladar del calendario, en el trozo de hostia
del conjuro, o en el ojo inverosímil del caos.
¿Hay la luz necesaria para curar tantas dentelladas, los eclipses subterráneos
del vacío? Me temo que sólo tenemos centavos en los bolsillos y no el aire
necesario para la bonanza de los pájaros. Y no el pilar ni la cornisa.
A menudo sólo masticamos las impaciencias y las sepulturas.
(Jugamos a convertirnos en la envoltura sin devolución de tantos estanques siniestros; 
tras la avidez, desaparecen otras señales, salvo este laberinto
en el que transcurrimos construyendo o negando otros espejos.)
Barataria, 09.XII.2015

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