miércoles, 30 de diciembre de 2015

EL HOMBRE FRENTE A LA LUZ

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EL HOMBRE FRENTE A LA LUZ



A Elena Muñoz



Nací cuando tuve conciencia de mis sueños: la luz, después, terrible y gozosa
en el aliento; ella, cedida a la humanidad de mis ojos. Lo supe entonces
cuando entré a la caverna.
El mundo es todo lo que nos queda en las manos después de asir la oscuridad.
—Sí, busco mi propio transcurrir en las distancias: no hay mañanas mágicos,
sino presentes con credenciales de hambre.
A mitad del tiempo, la voz tomada de los pájaros, las ojeras del ocote.
Y este prolongado embriagarme en las luciérnagas. Y este rompeolas
de la ebriedad, y este reguero de sueños en los adoquines.
Frente a luz, son innecesarios los memorándumes de la ceniza: abro cada vez
el cedazo insepulto de las antorchas.
El hombre es hombre cuando deja de anochecer en la mugre, cuando escapa
de las esquirlas, pero no de las parábolas, cuando vuela en la hojarasca
del último espejo, y sabe morder el útero de la ciénaga.
—Sí, dejado el embrión, nadie es inmune al visible sol de la colmena.
La palabra lo resume todo: lo adánico de la luz, la flama que cobija las mejillas
y llena de campanas el secreto alfabeto de la desnudez.
La palabra, ese hallazgo definitivo del horizonte.
—Deja ahogarme en el ojo de la ráfaga, o en la lágrima del hervor de la breña.
Toda la luz es un monólogo en mis costados; aunque como tal no existe.
La raja de ocote copó toda mi inocencia. Embriagó mi propia sombra.
Barataria, 17.XII.2015

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