viernes, 31 de julio de 2015

ACERCA DE LA CENIZA

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ACERCA DE LA CENIZA




No hay misterio ni lo ha habido en aquel promontorio de ceniza, ni página
de rodillas sobre los días oscuros de las aceras.
Siempre al filo de los dientes, el pájaro de ceniza del calendario,
o el ojo de la sombra en la mugre que amanece como boca de desesperanza.
Y sin embargo, delante de mis ojeras, la ventana del paraje desangrándose
como lo hacen las devastaciones del fuego, como el tiempo con sus siete 
                                                                                                                [cadáveres erguidos,
como los muertos en las grietas de la tinta, como los huesos que escupimos
al vacío sin pena ni gloria. Es un error cuando queremos morder la respiración,
y olvidamos la corteza de la asfixia.
En la cópula existen cenizas imposibles, cuerpos a condición del abandono.
La ceniza acaba siendo la compañera de viaje, el sustantivo que sopesa
la lejanía, el cuerpo que se rompe en el gusano de hollín.
Hundido en mis propios funerales, apenas pienso en los colores del paisaje.
Ningunas meditación lo salva a uno de eclipses, ningún cartón o piedra
nos salva de la sed o del tapiz de plomo de estos días.
Uno sabe que el alba se despeina en la ceniza: en el fósil de los ojos, la noche
y la trastienda de los lavabos. El tren de la desnudez se agolpa en mis miserias.
Absorto, ante la rotura de las esquinas de la noche, me quedo pensando
en los callejones del suplicio. (A veces hurgo en la náusea de la caridad
y el chantaje que consigo lleva el circo. En el vacío del aliento sólo el fluir
de las moscas y el desbalance de las plegarias.)
Barataria, 25.VII.2015

miércoles, 29 de julio de 2015

DESMEMORIA DE TRANSEÚNTE

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DESMEMORIA DE TRANSEÚNTE




Uno muerde los caminos largos de la desmemoria. La línea zodiacal
que enhebra los zapatos, las piedras que juegan en el rincón de la conciencia,
el abismo como una tempestad en curso.
Uno olvida todos los guijarros en esa mística de desnudar la albahaca.
Asoma vacío el cántaro de medianoche y el espejo ramificado de los grillos.
Un día, entre muchos días, nos olvidamos de la lucidez y sus huéspedes o,
sencillamente, dejamos que sangre la piel hasta lo despreciable del aroma
de la muerte: vengo de platicar con mi falta de memoria, con esa otra realidad
del cieno y su brama de cataclismos.
Voy en medio de muchos brazos petrificados.
Nada recuerdo de los litorales y sus desfiladeros, del trueno y sus agujeros
de tiniebla, de los miedos que producen las puertas en su última corpulencia
de pájaros. (Ando caminos de polvo para cruzar, anónimo, los amargos infiernos 
de las flechas, los ahoras igual que la hojarasca del sollozo.
Todos los presentes de sorda hambre, los paladares hendidos de la ternura:
“Uno piensa que los días de un árbol son todos iguales”. Eso pienso cuando quiero olvidarme de la bruma; en toda una noche caben los muelles
y sus jardines; caen las imágenes fijas de los ojos.)
—En mi desmemoria de transeúnte, sólo queda el tacto para reaprender la luz.
El grito no deja de ser cierto, el pie duro de las alcantarillas: vos lo sabés
cuando ves mi cara perdida con ese dolor perpetuo de páramo y laberinto…
Barataria, 24.VII.2015

lunes, 27 de julio de 2015

SIMETRÍA DEL CAOS

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SIMETRÍA DEL CAOS




¿En qué punto el caos es la alegoría perfecta del universo, el peso absoluto
del tiempo? Los ojos adquieren la tonalidad de las parábolas.
Nos deshacemos en esta espiral de bóvedas y gritos y convulsas pesadumbres.
Todo el bramido es simétrico a los días de la diáspora: ¿Cuántas infancias
necesitamos para impulsar las alas? ¿Cuántos días sin noche para barrer
con todo? —Delante de nosotros, los sueños y la almohada en el árbol
de la muerte: nosotros, esa forma del caos.
Todo el cántaro de la noche es bóveda oscura; pájaro sin respiro, la puerta,
que absorbe la humanidad de los sollozos y los cansancios del aliento.
—Toda esta simetría de la anarquía o el embrollo, nos aprieta hasta el pulgar
de la incertidumbre. La gota del crepúsculo nos rompe los ijares.
¿Qué significa, entonces, esta paridad de patrias muertas y rotos amaneceres?
¿Qué hay en la sombra del sexo que nos junta, mundo inventado por los ojos?
¿De qué aguas grises la tristeza de este tiempo, el vertiginoso minuto
del sollozo, los huesos punzantes de la soledad?
En la armonía de las grietas, crece el grito hasta ahogarnos.
Hay desenfreno como desorden en todo el mundo: avanzan las preguntas,
pero no el decoro. Todo es morir sin encontrar la cerradura. Todo es vivir hacia
el largo lamento de las improbabilidades.
En el alma gemela de estos agolpamientos, los cirios inacabables del solsticio;
(fluye la boca suplicante del yo negro de la saliva seca: ¿es vida este huracán
de violines, el pétalo podrido de la angustia?)
Zumba el metal que nos duele en las ojeras; el semen acurrucado del sinfín…
Barataria, 20.VII.2015

sábado, 25 de julio de 2015

PRESENTE CIEGO

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PRESENTE CIEGO




el navío lustral hiende impávido las aguas
Aimé Césaire




Tantas substancias incandescentes, que de pronto el ojo ciego de la combustión
constituye el presente, la medida tallada del pétalo sobre la piedra, la áspera raíz 
de ciertos paisajes paralíticos.
El delirio castrado en los ecos de las bisuterías: nuestra cama, sabes,
es el presente ciego de los mares hundidos del poniente, una montaña negra
mordiendo las encías, las manos abismales en el espesor de los pezones,
el siempre país que soñamos y apenas se queda en palabras.
En la página limpia del estupor, la patria que se escribe en la memoria;
la piel terrenal de las heridas sin ungüentos y esparadrapos: los dientes
de leche rozando los destellos, ese otro espejo pasmoso de los sueños.
Uno nunca sabe hasta dónde crecen las aguas de  este presente que vivimos,
ciego trozo de piedra, en el espinazo miserable de la noche.
Uno lleva a cuestas al pájaro ciego que solloza en el litoral del cuchillo;
Vos y yo tratamos de ocultar los viejos laberintos, el fuego cruzado que lame
la historia hasta carcomer el mapamundi del aliento.
Uno nunca deja de pensar, —yo, particularmente— en los anaqueles que usan
los sepultureros para guardar los días húmedos de los ojos;
después de sortear tantos agujeros entre los que vos y yo caminamos,
llegamos al taburete donde los relámpagos se aquietan.
(Hay tantos cántaros vacíos en el pecho que uno quisiera, allí, guardar las axilas
de todos los corderos y caballos. Juro que son extraños los zambullidos
en este agotado cuello de las calles.)
Hecho el insomnio, no es difícil caminar con los faroles encendidos…
Barataria, 18.VII.2015

martes, 21 de julio de 2015

LAS EDADES DE LA HERRUMBRE

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LAS EDADES DE LA HERRUMBRE




El espejo me mira y se aflige Lee en mi la historia de los años
Ese alfabeto sordo que un tiempo solar tatúa en la frente del hombre mal lunado
El espejo gris
Descifra solo mis historia
En los nudosos secretos de mis venas
Mucho tendría que decir pues he leído cómo en mi carne se abren camino los advientos
Mucho esfuerzo le cuesta al espejo gris recordar toda la desdicha que ve
Le faltan las palabras para fijarla le falta la voz
Yo no soy más que un detalle de la habitación para él sólo una lágrima en su rostro
Pesada pesada lágrima largamente cayendo con rectitud lenta desde el ojo de acuerdo con la costumbre
Louis Aragon




En el calendario de piedra de los relámpagos, la edad de la herrumbre iguala mis huesos, el grito desesperado de los ángeles, los jazmines devorados por el horizonte: Vallejo perpetúa su estatua quejumbrosa, el mapa amarillo de los ecos en el paladar, los puentes colgantes de la tristeza en cada golpe que nos da el atlas de la ceniza. Otros consumaron la heráldica del moho en el infierno, quizá Rilke, Camus, quizá Góngora y Quevedo, indestructibles, quizá Virgilio y todos los espejos del musgo. Muerde el páramo las ojeras de la madera, el vestido café del tiempo averiado, los amargos sueños de ciertas enredaderas: uno nunca sabe dónde terminan los exilios, ni cuando los años cogen ese olor a rincón desahuciado, ni el frío que comparte uno junto al peñón del desvelo. (Hay días en los que indago en el ciempiés sombrío del fango. Debo estar loco al punto que arde el mecate de las palabras en el cuello. Existe alguna locura donde sólo tengan cabida los peces del cielo, los interminables espejos de cadáveres, otro tiempo más cercano a lo inexplicable.) Siempre hay un calendario de fuego entre las manos, siempre hay un cántaro de vejámenes en el moho del mundo. Siempre es extraño el despojo cuando roza las cicatrices de tantas canas guturales; cada disfraz, es la medida por ejemplo de todos los hastíos. Hacia la escalera de los párpados, indaga el delirio sus insolencias y esa cotidiana manera de pintar la mesa con palabras de agua, amarillas en el destino de las navajas. El paladar de los pañuelos nunca espera al alba, sólo deja gotear los armarios del entrecejo, la orilla que apuntala la clavícula. En definitiva, hay herrumbres que encienden noches y socavan gritos; niños atardecidos de ventanas en el pecho, miedos que podrían no terminar nunca, promesas que jamás pudiesen tocarse como la lejanía. Henchida de moscas, esta calle del calendario y sus días de quebrados goznes; en la arcada quejumbrosa de la noche, se justifican los asaltos y los falsos ídolos y el moho que se yergue como ciudad o mapa enmascarado. Uno ignora caminar sin zapatos a través de las esquinas del piano dolorido de la orina; mientras se encienden las comisuras de la boca, el espejo se llena de ojos y agujeros, de extraños taburetes cercanos a lo inaudible: siempre existe algo que nos golpea la almohada, esas manos oscuras de la noche, el cuerpo deshaciéndose en pestañeos. En qué o hacia qué sustancias, esta forma de respirar la memoria sin quebrar las espigas de lo íntimo. ¿Jugamos acaso al vacío? ¿En qué aridez última nos convertimos después de caminar junto con los adioses? Quizá escapemos de ciertos sombreros o paraguas, pero no de tantos cuchillos que traspasan ropa y cuadernos. La herrumbre es la primera fotocopia del absurdo. Son ciudades que desconocen las ventanas; son ausencias, allí, en las manos amargas de las sombras. Yo juego a ser caos entre los objetos; entre tantos objetos, los peces del suplicio; el tiempo acecha nuestras dudas y certezas…
Barataria, 17.VII.2015

domingo, 19 de julio de 2015

NOCHE INDÓCIL

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NOCHE INDÓCIL




Nunca tuvimos casa ni paciencia ni olvido
Enrique Molina



Solo la noche y su intemperie la que cubrió los goznes de las sombras.
Nunca tuvieron sosiego los vivos y los muertos entre nosotros.
Tras cegar el ojo de la luz, los zapatos atrapados en el crujido de las gaviotas,
en ese espacio de hundidos caballos y andamios.
Sobre el tiempo toda la sangre de las palabras y las variaciones del asfalto;
muerdo el infierno entre las aguas amargas del tiempo: ni paciencia, ni olvido,
ni oleaje en esta memoria desplomada del tejado. En la garganta,
la incandescencia de los gritos, esa orfandad que duele en la arqueología
de los sueños cuya pocilga nos grita de hostias fúnebres, o de lluvias sin ropa
caminando entre tiliches y baratijas.
“Nunca tuvimos casa ni paciencia ni olvido”, —me dices con un dejo
de confundido espejo. Supongo que no existen lavabos, ni vehemencia
en la bestia de las antípodas, ni cuencas feroces donde tiemblen las colillas.
(Nunca cosimos las armaduras necesarias para no sentir el terror del despojo;
siempre entre el excremento y el circo mordiendo la comisura de la boca,
siempre la carpa del vacío y sus imposibles funerarias,
siempre los pensamientos mugrientos de ausencias y coros de grafiti,
siempre la sábana del alma sucia de carroña y de trapecios;
siempre, sobre el frío, las grietas desesperadas de los cadáveres.)
¿Adónde van ahora, casa, paciencia y olvido? —La ebriedad sea con nosotros.
Barataria, 14.VII.2015

viernes, 17 de julio de 2015

AGENDA OSCURA

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AGENDA OSCURA




En medio de columpios y transeúntes, el aroma oscuro de las páginas
evaporadas, —ciertas brisas con afán de acantilado, ciertos brazos
sin epidermis: en nuestra agenda solo las ojeras de la ausencia, estas reducidas
ganancias del horizonte en la luna llena del solsticio.
Nunca entendí, digamos, el trote de la piel o el granizado despertando sueños;
ante la agenda oscura e ilegible, érase el río en la profundidad de los dientes.
Era ya, la guitarra disecada del pecho
con todos los ceniceros de la medianoche. Desnuda, tantas veces, como la fiebre
o la sombra de los zapatos, o la ficción del yo en el alambique.
Entonces, desnuda, aferrada a la caligrafía ilegible de los días forzados
al desarraigo, o al simple laberinto de la arcilla.
Hasta hoy, nunca leí los fantasmas del absoluto, ni el aullido sordo de espejos,
ni los calcetines invernales del crepúsculo, ni la cabalgata estéril de tantos años.
—Todo el frío endurecido lo puede entender un pájaro.
(No hay lindero, ni necesidad de ahogar los huesos en la boca: derretida
la evidencia, uno sabe hasta dónde llegan las conspiraciones.
Si me ves en tu sombra indecisa, si me ves en los corredores del despojo,
¿habrá valido la pena tanto brazo?
Un cadáver se puede leer en la geometría de los buitres.)
En el hueco reseco de la madera no cabe la paciencia, ni la bodega del futuro.
—Camina y ve las distancias: escucha tu conciencia…
Barataria, 13.VII.2015

miércoles, 15 de julio de 2015

MUESTRARIO DEL OLVIDO

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MUESTRARIO DEL OLVIDO




El olvido se ha hecho de tantos fríos, de tantos harapos necesarios. Hartazgo.
Desfiladeros. Las estanterías de la desmesura, muerden, casi inmóviles las alas.
Siempre sobran diferentes maneras para inclinarse y responder al mundo.
A menudo en el lecho uno aprende la lección de todos los incendios.
Ahora la noche es un montón de estrellas opacas.
Una palabra o el eco de la misma, puede oxidar los aleluyas, la herrumbre
del descolor, los clavos del susurro,
o el carbón envejecido de puertas. (Existen maneras sutiles de cultivar la ceniza; 
cielos sepultados o sumergidos, primaveras subterráneas, lámparas
espectrales sin heráldica: con tu antigüedad de huesos, nada dejará 
de ser olvido, ni fructuoso campanario.
Duelen todos los atavíos condenados al estupor. Duele el talón de sal y el repique 
de rostros como funesta proclama.)
De los tiempos vividos, solo la furia de las tumbas, el esqueleto amarillo
de las sombras, el quinqué apagado de las palabras, el bozal
a la altura del cactus, los andamios flotantes en la inminencia de los imanes.
Uno acaba por consumir todos los pájaros.
—Vos lo sabés después que la espiga se ha convertido en polvo.
Moriremos marchitos de horas; moriremos de bocas sin nombres; moriremos
vencidos de mástiles, en la carne inevitable del olvido, en la delgadez del hilo.
Entre el papel y la tinta, hay largos pastizales de epitafios…
Barataria, 11.VII.2015

lunes, 13 de julio de 2015

POLILLA

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POLILLA




Sueñas discretamente a la orilla de la madera con polilla; le digo a los tiempos
que ya se fueron: camina el mundo en la sombra de los neumáticos,
mundo al fin, oscuro en las axilas, en el aliento embozado  de tantas y tantas
depredaciones, me preocupa el ajo hasta el cuello del paraguas,
me corroe la niebla titánica, lenta, sobre la rama del agua y su consecuente
fábula de húmeda moraleja.
Me mata el plato vacío en los párpados del sueño.
En el pilar arqueado del horizonte, el imperio amarillo de lo irrestañable,
o los perímetros de tizne, o los árboles aferrados a la nada.
Sin saber a dónde colocar mis harapos, todo el peso del vendaval en mi cobija.
Cuando llegas al corazón de la madera, se vuelve hipnótico el territorio
y visible la concavidad del luto.
Y visible la liturgia y el coro del hambre sobre el vacío que va dejando la avidez.
(Si algo corroe la entraña es esta podredumbre de estertores gastados;
si, después, el paladar se torna objeto innombrable, palabra del tartamudeo,
o simple infortunio donde ya nada arde.
Ahora son visibles todas las fisuras: el encaje desvanecido entre las manos,
las fotografías fosforescentes del aliento, el largo ciempiés del follaje.)
—Vos, no te inmutás ante el ojo abierto de la página, el polvillo chirriante
de las vigas, el difícil dolor de los cuartones.
La memoria es una sombra que nos quema la respiración…
Barataria, 09.VII.2015





sábado, 11 de julio de 2015

CONFIESO

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CONFIESO




Nos quedamos, pues, cada uno entregado a sí mismo, en la desolación de sentirse vivir. Un barco parece ser un objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar, sino llegar a un puerto. Nosotros nos encontramos navegando, sin la idea del puerto al que deberíamos acogernos. Reproducimos así, en la especie dolorosa, la fórmula aventurera de los argonautas: navegar es preciso, vivir no es preciso.
Fernando Pessoa




Hay situaciones de las cuales no hay retorno. Sin horario, sin país, sin nada.  Cansa la soledad como un costal demasiado viejo, cansa escuchar las lecciones del aullido todos los días, aquel ángel demonio en la humedad de los candelabros. El ojo devora todos los sinsentidos, los pájaros siempre condenados al vuelo, o las mortajas entre mis manos como una noche densamente oscura. La ternura, el amor, no dejan siempre de ser un pésimo estribillo; prefiero la piedra a secas aunque rompa las semanas de mis sienes. Escribir el poema diario puede ser mi propia destrucción, en él leo los espejos y las vidas del poema. Confieso que este frío visceral que tengo puede ser mi epílogo. He esperado hasta el último instante, llover la línea seminal del pájaro, el orgasmo profundo del alma, la sombra que nunca he logrado disipar sino hasta que me ahogue en mi propio sendero. Confieso que a menudo uno parece morir, agonizar, irse de este mundo. Siempre existen pequeñas y grandes tristezas; el tiempo nos mata sin abreviaturas de ningún tipo. El tiempo y su ponzoña de lobos; los grises jardines de la lejanía. Lejos, cerca, no existe el retorno, ni la reposición de los días y las noches, ni aquella primera posible palabra enterrada en los juguetes del parpadeo. Sólo recuerdo mis ojeras amarillas y los zapatos descalzos en la boca de los imposibles; me ata la otra parte de mi condición humana: el animal que se estremece en mi locura, el aliento calcinado de mis sueños, un blues implacable como las aceras de mi país, el lenguaje muerto de las promesas que empiezan a caminar como púas, como signos desmedidos de la perversidad. Confieso que la opacidad esconde mis opacidades, mi alfabeto diestro a la piel, mi historia a la par de los adioses. Uno recibe tantos golpes que hasta los olvida: olvida la premisa de los juegos; olvida que cada quien debe hacer su carrera. No sé a qué es parecida una promesa, si a río, a tiempo, a moscas, a hollín, a nada. Pronto las palabras se cubren de ceniza, siempre de noches rancias, de gargantas disecadas y pájaros devastados de escombros; hay recuerdos que aprietan los tobillos y muerden las más íntimas cicatrices: grietas de la sombra que transitan en las calles detenidas del invierno. Nos quedamos en algún sitio del tiempo o la memoria; jamás regresamos o duplicamos los instantes del ensimismamiento, los ojos ardidos de candiles, un cuerpo encima de la sombra del pan o del aire. No sé si las noches por si solas se convierten en memoria, o sólo es confusión la desnudez recordada, el aire decadente que transita en medio de los ijares, la oscuridad que duele en el filo de la luz. Tampoco sabe uno si existe diálogo en las arqueologías, en estos ojos que ya no existen, en esta lluvia adolescente que ya no existe, en el sol cárdeno, ahora en los anaqueles del polvo. Detrás de los inventarios de la salmuera, está el puño de las últimas palabras: residuos, quizá, o simples dibujos que nos deja la muerte. Al final la vida nos lleva por árboles diferentes y no siempre existe el olvido, como tampoco dejan de existir los vacíos en la garganta, como tampoco dejan de tener sed los espejos…
Barataria, 08.VII.2015

jueves, 9 de julio de 2015

NUEVOS OJOS

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NUEVOS OJOS




En el aliento de la demora de los tranvías, los ojos lunares de la desnudez.
Este nuevo silencio desatado en la garganta, el recuerdo y su preñez de costado
herido, los días de la semana en el parto de los andenes,
el reloj del arúspice a la hora en que todo el mundo camina vertiginosamente.
En la caballería de las bragas el jinete purifica sus asfixias hasta hacer delgados
los cascos del pálpito, los vértigos profundamente oscuros, las paráfrasis,
los calcañales del diamante debajo de la sábana.
Siempre los puertos arrancan mis ojos.
Siempre la ciudad y los antros son acribillados por mi paladar.
—Siempre tu voz amanece braceando en los ojos de los peces, en la ráfaga
del deseo, en el tacto de las fragancias viscosas de la deidad del escote.
Ante la nostalgia, despiertan ante nuestros ojos los parques con sus grifos,
los muelles de bocas infinitas,
las axilas turbulentas del último lupanar de la ceniza. Los ojos aletean
y muerden las centellas de los hemisferios del desvarío.
En presencia de las pupilas doloridas del anochecer, los pliegues de salmuera
igual que un alambique imposible jugando al tacto mortuorio del celofán.
(Por si acaso, al otro lado de la alambrada, el rojo lascivo del olfato, el bisturí
largo de la mirada,  la contradanza de la cuchara como un solo párpado.
En el tren del ojal, el zodíaco hasta el cuello de mis ojos exhaustos: ay, no sé si
ponerle asíndeton o polisíndeton a este mismísimo suburbio de abluciones.)
No sé si suturar mis ojos o colgarlos como dos sollozos de violines.
Barataria, 05.VII.2015

martes, 7 de julio de 2015

HÉLICES

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HÉLICES




Los ojos del viento muerden las banderas desveladas de los parques.
El clavel rotativo de los álabes gira en derredor de los puños de lo concéntrico.
En el espejo el tambor de la lejanía y sus trompos en las legiones del grito.
A la hora fragante y sigilosa de la lengua,
la cordillera sonámbula de la espiga, o la construcción de madera de las hélices,
o el tendido de los trenes en lo alto de los espejos, o la gran alternancia
del paroxismo, o el salto mortal de la mosca sobre la sangre oscurecida
de la sábana, o la velocidad urgente de la marea desafiante
del paraíso en el flujo espontáneo del orgasmo.
En el paladar duro de los relojes, los cielos tendidos como un pétalo furioso.
A la hora de asumir el riesgo del hambre, la geometría esdrújula
del bosque de pájaros oscuros: depilo los follajes severos junto a las aguas
piadosas de la ternura.
(La atmósfera se abre, arcángel de la entraña; se abre ahí, en la lengua
profanada, justo en la real batalla de los transeúntes, fundidas las palabras
del viaje que supone el aire resurrecto de los muelles.
Alguien desde lo recóndito cruza los remolinos de la esperma.
Persevera el mundo de las hélices en el diente del resplandor del pájaro.)
Desmenuzado el mundo de los poros, entran en apacibles claveles, los metros
de éxtasis de la herida. Los ventarrones del paraíso terrestre.
En los relojes desperezados del cuerpo, los minutos ciegos del olor del agua
termal de aquellos viajes apretados de ojos.
Giran las hélices de la lejanía sobre la tormenta de aquellas adustas intemperies
Barataria, 04.VII.2015