miércoles, 30 de septiembre de 2015

VOY EN TRÁNSITO

Pintura: Fernand Léger




VOY EN TRÁNSITO




Al silbido de la estación de tren, los viejos pasillos de madera como acordeones
de una rostro de sollozos inefables. En medio de lo miserable y desvalido,
aquella tombilla* de olores de la intemperie.
Arden mis ojos en el punto húmedo de la neblina, la lluvia sorda desnuda
mis pensamientos, los que se van dejando y los que vienen: nosotros
con un candil de intensa esperanza mordiendo los trenes a centímetros
de los ojos, entre las estrías del paladar y el acordeón acurrucado de la saliva.
(Sé mía sobre este costillaje de la esperma, sin pensar en la edad
de las carpinterías, antes de que el gallo despilfarre su palpitación plomiza;
sé mía para entrar a la esdrújula de la estrella, al filme donde usted y yo
nos convirtamos en protagonistas. Sé mía, para quitarle la calvicie al jengibre,
a las palabras que nos nombran de soslayo, a la mancha de la herradura
del falso estupor, a los cráneos de percusión de las aceras.
Vamos deshaciendo los nudos de la vergüenza: es necesario, en los alelíes,
hacer florecer las ruinas del alfabeto,
encarnar el pincel de la salvación, mar adentro sudar la perversidad.)
Ante la sequía opaca, las aguas del balbuceo en el centelleo de las corrientes
del absurdo; descalzo me impregno de la sordidez de este mundo.
Vos no lo sabés, pero en lo recóndito, individido, está el aullido de los espejos.
Dentro de vos, el esqueleto de mi muerte, el olor a madera de tu nido.
Sé mía, sólo vos, poesía.
Barataria, 22.IX.2015

*Depósito de caña de castilla para guardar ropa.

lunes, 28 de septiembre de 2015

CHAGALL, POSESO

Marc Chagall,  “Il violinista verde”
Il violinista verde è un dipinto a olio su tela (78x42 cm) realizzato nel 1923 dal pittore Marc Chagall.
Ritrae un violinista vestito di viola, con il viso verde e con un cane.
È conservato nel Guggenheim Museum di New York.




CHAGALL, POSESO




Muerdo los días grises con mi boca amarilla de tráfico; luego con mi bufanda
de pájaro desvanecido y esta niebla de cactus sobre las aceras,
le río a la epidermis de los violines de las edades y los augurios y las mareas,
a los nacimientos crucificados en las estaciones. A la boca de la barbarie.
El césped fecunda de verde los sueños del tejado que abre el paraíso.
Desde el tragaluz del tabanco, los caballos de hollín sobre los racimos últimos
de las golondrinas. (Entre ese Paris through the window y White Crucifixion,
los rascacielos de la lengua de aluminio en las estridencias envenenadas
del absoluto. Es para hundirnos, amor, en el éxtasis y navegar remolinos
en el pantano y cimbrar el fierro de lo innumerable en el muelle.
Todavía hay largos litorales con peldaños de relámpagos para pernoctar
en el desvelo; morder el olfato del asombro con nuestra dosis de locura.)
De vos, el viento desde las esquinas de la boca: nos persigue el magma del fuego
en los violines, y esta suerte de ventana líquida,
en el ojal del sendero que juega impunemente a diente.
Uno no sabe qué proclama defienden las limosnas, ni de qué moscas está hecha
la barra show del entretenimiento, o el cadáver cárdeno que juega al desnudo.
Si existe algo cierto en lo poseso, es el éter quemante del semen y el imposible
quirófano feliz de las mortajas.
En la selva genealógica de los zapatos, la cobija con sus innumerables zaguanes.
Para otros juegos, nos queda el pez de los fósforos y su maduro braceo.
Barataria, 20.IX.2015

domingo, 27 de septiembre de 2015

ANTESALA A MIRÓ

Joan Miró. Man and Woman in Front of a Pile of Excrement.
 1936. Oil on copper. 23.2 x 32 cm. 
Fundació Joan Miró, Barcelona, Spain.





ANTESALA A MIRÓ




En la antesala del resuello las ojeras frente a la hoja incierta del crepúsculo.
Por tu mirada, el juego de colores disparados a la noche: lunas, peces,
caballos desarticulados por el puño, estrellas presintiendo los matorrales
de la penumbra, los ijares acribillados de la claridad.
En el cobertizo del aliento, las estatuas consumadas del quinqué.
(Hay zonas sumamente frías en los cementerios y miradas en vilo frente
al tiempo y a los prostíbulos. Sé de los mundos proscritos de las palabras,
y de los vendavales que uno aprende a digerir como dietario.
Siempre es raro ver los desiertos rotos o la destrucción manchada
de respiración o la barricada en el ardor de la desnudez.
A la liturgia de las manos, el incienso del reverbero de las entrepiernas.)
En los zapatos viejos, sólo el baile del carnaval de los arlequines, o el sol rojo
de las constelaciones. Signos hay, signos de la luz y las mamposterías.
—Vos y el vagón de los caballos rojos volando sobre el pájaro luna
de las paredes. Dentro de las partituras del desasosiego, la escritura de bruces
de los metales, o la colisión del badajo en las aguas misteriosas del tapiz
de porcelana. Vivo en los dominios de tu ombligo, metamorfosis íntima
cuando la espiga madura y vacía la esperma plural del insomnio.
—Vos, sí, antesala viviente del fuego a dos manos.
Luego la sombra densa de los clavos, al filo de las horas abandonadas;
luego la vida cotidiana y sus tiliches y su estercolero y sus presagios…
Amo en el odio esta hambre de la fugacidad, el sordo invierno de dos cuerpos,
enrollados en el pedernal de las luciérnagas, Odio el filo del escondrijo.
Barataria, 18.IX.2015

jueves, 24 de septiembre de 2015

ERRÁTICAS

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ERRÁTICAS




Silba la lengua exasperada ante el ala ciega de las vísceras. Nos muerden
los adioses y los vacíos, el ojo largo de las telarañas sobre las fotografías.
Allí sobre los cascos líquidos del agua, caminan por si acaso las arenas
movedizas del dintel: sé que todo es errático.
Errático el tambor ciego de las nubes. Errática  la hoja de saliva sobre la sombra 
de la llave; errático el desvelo custodiado por sedantes siniestros;
no duermen las labores del dolor, ni el devaneo de los sueños en la noche.
Cada segundo abre el aliento esa invisible sombra sin fronteras y sin ley.
Cerca del cuerpo, las manos del terror con su herradura de fuego y veneno.
(Cerca de tu ombligo, amor, la niebla fosfórica del sombrero o del paraguas, 
atravesando la flor del cerrojo; las tijeras de la avidez hacen lo suyo y dejan
caer la gota del oleaje, hasta que trina el ijar.)
Todas las anclas del infinito son bocas que saquean puertas y ojos y dejan fríos
y harapos y azadones y muertes y paraguas errantes y palabras secas
sobre la piel fenecida. ¿Quién, en realidad nos devuelve a nuestros deudos?
Para qué esta herencia sólo de ausencias, sólo de muros. Sólo de cenizas.
—Siempre me desnudás en esta sedalina precaria de mis vísceras. Siempre.
No hay pájaro que resista estar colgado de una mocheta, mucho menos escribir
una carta con letras mayúsculas; invocar la piedad ante esta historia cruel
que vivimos, no debe ser un ejercicio de aerobismo, ni slogan publicitario.
El claroscuro del tiempo nos despierta debajo de estas anónimas estribaciones.
En la gaveta de la memoria, están inventariados, fósiles y espejismos…
Barataria, 15.IX.2015

martes, 22 de septiembre de 2015

DÍAS CAÍDOS

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DÍAS CAÍDOS




Allí, en el lugar donde se bifurcan los senderos, el escapulario de los recuerdos.
En el tronco del árbol sostengo los recuerdos y la historia de ráfagas
y desconciertos, y esta embriaguez tensa de la sangre.
En el horror que nos impone la sobrevivencia, cada quien implora al disfraz
que lo acompaña, a esa otra mueca del espejo.
¿Quién duerme, después de todo, ante el oscuro ventarrón de tambores?
Es diaria la esperanza sajada.
Son diarias las borrosas imágenes del absurdo, el alud de muchos azadones.
Son diarias las infancias que se pierden en esta aldea de irreales cópulas.
La locura y este frío son intensos como el ojo cercenado de las ventanas.
En este feroz equilibrio del tiempo, cada quien se para en el vómito;
—Caminas y hay alguien siempre detrás pulsando tu destino:
alguien desde la rama del árbol, custodia estos albañales apilados, las aceras.
Dentro de este bajomundo de espionaje y truculencias, mediomundo
arrastra pesadillas, desesperaciones que jamás se pudieron enterrar.
Llueve debajo de los párpados.
(Hoy no podemos hablar, ni pronunciar ciertas palabras, el confín previsible,
es ese torrente de terror que nos muerde, allí, el éxtasis de la ignominia,
en medio del escombro, el miedo y el silencio.)
Vos y yo descubrimos que se perdió el estupor y que es visible toda la ceniza
que cada ser viviente exhala. Es de pronto el presente nuestro acribillado.
En este sobrevivir el día a día, la placenta del horror cubre los sueños…
Barataria, 13.IX.2015

domingo, 20 de septiembre de 2015

REDONDEZ

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REDONDEZ




En la redondez de la noche, las alas abiertas como un cuerpo poseso.
Los azadones impúdicos, muerden el centro desgastado de las monedas;
debajo del cero o la o, construimos escaleras para bajar a la profundidad
del agujero mayor de los zompopos o para sacudir la linterna de la opacidad.
La voz es redonda frente al punto ciego de las verjas.
En alguna muleta de la madrugada, los poros cristalizados por el sudor.
En los trastos ciegos donde reposa la ceniza, la copa de los árboles sosteniendo
la dentadura, las esquinas solubles del aguacero,
los anillos mudos de los ojales en el filo enmarañado de la boca.
Hay tantas redondeces que me pierdo en los guacales, en la olla verde
de los encajes, en el enigma hueco de una vasija, quizá en la miseria que rodea
el follaje del candil.
Hay sueños redondos como la desembocadura de la sed en las legumbres.
(Hay ventanas redondas, amor, que le cambian domicilio a mis ojos y tornan
nómada la cuenca de ellos y mi grito de ciudad cosmopolita y mi litoral
de amargas pupilasy la oración rebelde de mis ijares.)
Existen plegarias, allí, donde crecen los despojos.
Alrededor de estos vacíos que sustenta la historia, sucumben los huecos
que deja el fuego, hasta desnudar por completo la ola migratoria.
Nos salpica la colilla del devenir, la sombra implacable del sacacorchos,
el ojo del tumulto y sus curvas frías y el litoral desposeído de las campanas.
Todo despierta al olfato, la redondez del minuto en la antigua rueda
del alfabeto. Por ahora, el ojo de los ecos en la memoria…
Barataria, 11.IX.2015

viernes, 18 de septiembre de 2015

RASTROS INFINITOS

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RASTROS INFINITOS




No solo es el luto que arrastran las palabras, ni el mercado que trafica
con genitales y tiliches y torna resplandeciente la concavidad del arpa calcinada
de la piedra en el aliento. (Hay presagios en el bosque del quejido.)
Es este aliento corroído en la entraña, la piedra insaciable de la rabia.
Uno sabe ya que vivimos en una especie de anfiteatro; somos cazadores
de levitaciones; buscamos durante las semanas, esos rastros infinitos
de la cripta y su memoria de espejos grises.
Más allá de cualquier fragancia a polilla, las esquirlas de salmuera y las libélulas
como pequeños vigías sobre la cruz: el tiempo tiene su propio candil.
En la hoja irrestañada de los meses, la piocha de los sepultureros, el abrelatas
del conjuro, el ojal acaso, por donde entra la fatalidad.
En la vigilia consumamos la desesperación de las palabras, o los nombres
en la gota de espelma que cae al vacío.
Hacia lo inescrutable, solo esa sensación de luciérnaga amarga.
Todo se va en las aguas o queda debajo de las lápidas. Toda destrucción resulta
irreparable, más cuando el miedo coge su propia identidad, cuando el oleaje
de la búsqueda es desconcierto, y consigo se agota el misterio.
(De pronto el rostro de la noche nos revela su partitura: la relojería de aguas
oscuras, las estelas de los Evangelios, la modorra de los candelabros,
los postigos recurrentes de los fósforos sobre el encaje desasido del último
aliento.) La memoria en su conjunto, se nutre de los desniveles de la historia.
Ahora, por si acaso, debo releer la brújula del alfabeto.
Barataria, 09.IX.2015

jueves, 17 de septiembre de 2015

SEMÁFORO

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SEMÁFORO




A menudo es la intuición poética la que nos ayuda a atisbar, a conocer, a poetizar esas múltiples realidades. El leguaje no es un destino, sino el medio para desvelar esas ruinas que se yerguen apoteósicas sobre nuestras pupilas; de otro modo, nuestros días serían parecidos a un fotomontaje. Desde esta visión poética enunciamos todas las sombras y todos los bostezos, la fatiga, las formas deleznables de la vida: yo veo por doquier los problemas y la vida mediatizada y ciertos anacronismos que carecen de sentido y espíritu poético. No sólo de las entrañas de la hojarasca, sino de los dramas que exceden toda condición humana, nos vienen los tiliches de las sombras y el sínodo de saliva, y la moral deformada como un knock-out, ciertamente. No dudo, por lo demás, del papel que juegan los silencios: sólo callo cuando las sombras se apoderan de mi memoria. Uno no impone las agendas políticas ni sociales, ni culturales, ni económicas; son las élites de cualquier orientación. En esto hay que ser claros y objetivos. Una cosa es que nos digan que es nuestra agenda y otra, que en realidad lo sea. ¡Cuántas falacias! Las soledades van hablando en el camino, las mismas soledades entre sueños caníbales. Después de todo, no sabemos hacia dónde caminan los sarcófagos, ni qué vientos salobres muerden los espacios sordos de la desnudez. Y eso es así,  o supone el poeta que es así: uno regresa, pero hay algo que ha sido soterrado, o sencillamente no es igual. ¿Cuántas veces la vida lo pone a uno en estas encrucijadas, que de pronto hasta se pierde la cuenta? Enternece el firmamento cuando palpita en una hoja; lo sé después de asumir cirios y trabajar el poema sumido en mis propias sombras. Hay relojes extinguidos por alfileres que retumban en la patria: el poema en todo caso se escribe inventariando todas las soledades, ese otro sinfín que busca su cauce. Seguramente,  una catástrofe. Por suerte nos salva el poema y su almacén de alegrías y su balcón de vértigos. Debo soportar esta tortura con decoro, el hilo de la melancolía y sus hambres y pobrezas. Ojo y carne se conmueven como un dardo que desciende hasta los ijares. ¿Qué aliento sostiene la sombra de la madera? ¿Puede el tragaluz desinhibir los fragmentos inmortales de hollín, la noche de pútridos cementerios? ¿Entran victoriosos los cadáveres a los cementerios, sin gastar la poca saliva que les queda? Estoy en dirección a la polilla que mastica enloquecida los costados. Días largos o cortos, enhiestos de tiempo invasor. Uno va entre breña, maleza, sorteando esta suerte de carcoma. Es como si de pronto uno asesinara las flores, siguiendo el fragor del páramo terrestre. Hay substancias indescriptibles en todo este laberinto de olvidos. Ignoro si el poema es, en fin, el resumen de los vahos, el danzante del estupor, el desequilibrio en las encías o el mareo de los huesos. Bueno, cuando hay una búsqueda incesante y denodada, es bueno "Torcerle el cuello al cisne de engañoso plumaje": Este poema en su tiempo significó ruptura: yo rompo con mis propios demonios. Confieso, claro, que no sé si las noches por si solas se convierten en memoria, o sólo es confusión la desnudez recordada, el aire decadente que transita en medio de los ijares, la oscuridad que duele en el filo de la luz. Tampoco sabe uno si existe diálogo en las arqueologías, en estos ojos que ya no existen, en esta lluvia adolescente que ya no existe, en el sol cárdeno, ahora en los anaqueles del polvo. Detrás de los inventarios de la salmuera, está el puño de las últimas palabras: residuos, quizá, o simples dibujos que nos deja la muerte. Al final la vida nos lleva por árboles diferentes y no siempre existe el olvido, como tampoco dejan de existir los vacíos en la garganta, como tampoco dejan de tener sed los espejos… (Alguien ha dicho “el tiempo es una balanza donde todo se calibra”. Ciego, lento, sin fatiga, avanza entre calles y grutas, entre brazos, senos e ijares. Uno procura destejer los pañuelos del semen, los cordeles de la saliva. Hacia el futuro, las persianas inasibles de los portales de la esperanza.)  Es una lástima, pero es ley de la vida: la metáfora del reloj como involución humana, por supuesto. Uno, por más estoicismos no puede detener esa corriente poderosa del "sino", según los griegos. De todas maneras uno siempre está desnudo ante el paraje del otoño, ante lo que se sabe y no se acepta. Digamos que no existen pasadizos en donde guarecerse; existirán espejos, y con ellos histerias. Esta es mi modesta interpretación desde el poema, de toda esta rotación del tránsito en el que no hay piedad alguna, tampoco perversiones, sino un natural río, como el río de Quevedo, como ir y venir según Carlos Changmarín, como el traje de bodas de Leopoldo Marechal, o el cambio de sitio de Marco Aurelio, o como todos los elementos del universo de Xavier Villaurrutia, o los lechos mortuorios de Rainer María Rilke, o acaso ese despertar indoloro, maternal, acariciante, de Elías Nandino. A veces el tiempo se torna errático; pasa una eternidad el árbol de la existencia. De pronto las manos sangran casi como obligación ante lo arduo, lo fiero, lo extenuante de este trajín. A la hora del alba, el cierzo en los postes del tiempo como un centinela diurno.  A estas alturas de la escritura, me conformo con un minuto de luna, o de quinqué. De tantas horas se marchitan las manos, de tantas tumbas, el mar abierto o crucificado del aliento. ¿Sumo, resto u olvido? Supongo que nadie está cuerdo después de andar en un atlas ciego. Cuento los péndulos rotos de las mañanas, luego golpeo la cobija, o la acuarela que cuelga del dintel. Silencio y noche, sí. Cada uno es vaho, es humo, es calle, choza sin pesebre. Yo sigo, antologando alas, mordiendo el feudo del harapo, ahogando estos hervideros de granito. Escribo. El frío es verde, parpadea, desnuda como es, la tinta, la entraña que horada el pecho, el ijar del loto al punto del goteo. Así arribo al puerto de mis sombras, escribo para el viento y para los rieles remotos de la niebla; escribo balbuciente sobre la ceniza postrera que acogerá mis huesos; escribo tan solo para darle sentido a los hilos del suspiro. Escribo para las tarjetas postales sedientas de memoria; escribo para mis ángeles y demonios posibles. La palabra siempre resulta insuficiente.  Cuando las urgencias del aliento están cifradas por el reloj, quizá sea poco lo que pueda agregar a las impresiones personales sobre el poema: todo es recuerdo, después de todo, inclusive la claridad; uno quiere borrar la sal de nuestros pasos, los vahos de un suspiro largo como un tren interminable. ¡En qué rama del tiempo nos hundimos después de todo, si cuanto se ve, existe y toca, caduca? A veces, en las manos, el mundo es errático...
Barataria, 2015

miércoles, 16 de septiembre de 2015

LUCIÉRNAGA ÍNTIMA

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LUCIÉRNAGA ÍNTIMA




Hacia el destello, el tambor de luz de los embarcaderos: vos, y la vela abierta
de tus brazos, la incandescencia rota alrededor de los árboles.
Los caballos alegres, arrojados del costado y el casco del aliento como cuartilla
de viento imprecando las zancadas de nadie. Todo se descalza de párpados.
Desde la ebriedad hasta el recuerdo.
Desde el íntimo fósforo del aliento, hasta las inclemencias del césped.
Gira la luz en torno a la campana ciega del cuerpo.
En ese mundo de quemantes techos, el corazón degüella los límites del filo.
Ante la necesidad de manar fuego, las esquinas encendidas de la caverna,
o el ronquido inextinguible del sinfín.
(Entiendo que todo es relativo, el dedo índice sobre el trozo de firmamento;
los sorbos de luz que relampaguean en los laterales de la boca,
o el ala invisible que se extiende en forma de paraguas sobre los muslos.
De los confines del tiempo, el fuego insaciable, purpúreo, creciendo libérrimo
sobre los sostenes de la sombra.
En el rocío deshojado del cuerpo, la lectura del cielo invernal sobre lo hirsuto.
De par en par, la puerta se abre a un mundo de enigmas.)
El tintineo de la gota de semen suena en el litoral del oleaje o chapalea.
Cada quien muerde su propio aliento y apresura lo agraz del fruto.
Vaciado el júbilo, ¿cuánta luz nos queda para beberla en sorbos? ¿Cuánta luz,
para iluminar los ataúdes de este día y los del futuro?...
—En la gruta de la fosforescencia, vos, y el poderío de mis congojas.
Barataria, 07.IX.2015

lunes, 14 de septiembre de 2015

SEMÁFORO

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SEMÁFORO




El universo es espléndido, pero abigarrado. No caben en ninguna parte los retratos, ni la discreción a sospecha de la penumbra. En las vestimentas de cada circunstancia se levantan los presentes que a menudo fingen primaveras: uno se estremece ante las semillas de lo póstumo, ante los designios del murmullo. Uno de pronto prospera en los despotismos de la noche, en la danza de la muerte, a propósito de Ícaro. En los semáforos las edades seminales de las cofradías, el tintero a media asta de las palabras; ellas prosperan en las alcantarillas o en las fauces de los antros con olor a tabaco percudido y sudores de eficaz podredumbre. En la sencillez del candil, la flama descalza, recorre la metafísica dantesca de los días postreros. En esta antología de antifaces, la esquirla es apenas un itinerario de inexplicables vientos o si se quiere un recuerdo del traspié. Desde esos avatares arcaicos del tiempo, las muchas rocas acercándose a la intimidad de la boca o las bocas. Montamos guardia ante el ojo pervertido, y colocamos fragmentos de dignidad a las semanas. Sé que las puertas o ventanas guardan ese drama que pervive en las pupilas, lo trágico y purificador de los contrarios, el prólogo evasivo a las incongruencias. En la arquitectura del tiempo, el prensapapel de los minutos en el júbilo demiurgo del aliento; reímos dolidos de incongruencias: hay túmulos henchidos en los zapatos que no se traducen necesariamente en poesía. Caminamos pero siempre experimentamos el cautiverio precisamente porque somos seres históricos, seres que a diario cumplen con epílogos, seres que exceden a sus culpas. En esta cabalgata, la verdad no sé  hacia qué rumbo palpitan las horas y si en el camino, sólo hay inquisidores o también ajusticiados. Al término memorable de los semáforos, la danza reclama su propio espacio. Es tal cual, desde mi humanidad: las idas y regresos del viento, la inocencia y la adustez, la mudanza y el erotismo desmontado de su pedestal: todo en una especie de contrapunto, diálogo interior, conciencia sin ataduras. El poema después de todo es otro cuerpo no menos cierto que los cuerpos apretados del sudor, resquebrajados de lluvias, espasmos y jadeos. Nos hemos robado el fuego, sobre el horizonte de la flecha roja del sinfín, el pescador de realidades en los hondos racimos de las sombras de la historia. Alrededor del poema, la tierra amanecida de los pájaros, el grito, las infancias sepultadas, o desnudas como la albahaca en el olfato, o el epazote disperso en los poros. Ante ese último primer cielo del poema, las aguas destrenzan la escarcha de la tinta: quizá perviva el tatuaje como los evangelios apócrifos del movimiento. Cada quemadura es solo constancia del tiempo innumerable. (Caigo en la cuenta de que nadie comprende esta oscuridad que atraviesa la cara, manos y vacíos. Noches. Olvidos, no; ni descanso. ¿Quién duerme arrodillado en el extravío? ¿Qué hombre o mujer encuentra la luz sin el crujir de dientes? Bajo las aguas negras, los cementerios clandestinos, las elegías como un foco de invierno, los oscuros caminos del desamor.) Al pájaro de la geografía, las puertas escondidas del día, los discursos compulsivos del zodiaco, el espejismo doméstico que nos lleva al desatino. En la diaria existencia de los cansancios, los ciegos inodoros de la respiración, el filo masticado de los plumajes, las apasionadas conferencias de prensa.... Hoy en día sin duda , se habla de inventarios, pues bien, el poeta también hace los suyos desde su interioridad, de la calle, del vecindario: el mundo nos da retortijones, y náuseas; es probable que necesitemos sedantes, o, el olor a panadería de los amores tropicales. Aunque no lo queramos, siempre estamos recordando, las justicias y las injusticias, los amigos, los enemigos. Nos preguntamos, quién diablos nos roba el azúcar, la sal y nos deja el vinagre, dónde duermen los puntos suspensivos y el cuarto que nos proteja de la noche de todos estos días presentes y venideros. Quizá en la ebriedad de la leche verde, o amarilla, o qué se yo de la cópula, emerja un nuevo parpadeo; nos devuelvan el olor a madera, o ese espejo carnal de las liturgias íntimas del paroxismo. Hay urgencias que le quitan la ropa a las mareas. Debo alzarme desde la noche al día, alargando algunas palabras de la memoria, sacando del cántaro el agua o las aguas, el peltre de las luciérnagas. Quizá sólo llegue a la puerta: la poesía como tal es inasible, no es la palabra, no es la "inspiración", no es el mundo ni las distancias. Ante lo procaz de la realidad donde quedan las sombras, el ojo de agua del horizonte, el barro que anda entre nosotros. Supongo que la poesía será mucho más que eso, mucho más que el gentío en los mercados, mucho más que el delirio de las aguas llovidas, mucho más más que los dueños de este mundo. Y, sin embargo, la palabra es nuestra. Desde el antepasado murmullo de la conciencia, desde la intemperie laboriosa de las ventanas....
Barataria, 2015


sábado, 12 de septiembre de 2015

OBJETOS PARA ARMAR

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OBJETOS PARA ARMAR




Hasta el fluir de los sueños o la alcancía de la memoria, la caverna y sus extrañas paredes, nos vienen hablando de caricias insaciables o de tormentas
que hacen grietas en el confín.
Ante el puzle suspendido en la alambrada del paraguas, la voz como sombra
de melancolías, arrancada a los balcones del devenir. ¿Armamos los demonios
del aceite sobre el césped? ¿Inflamos los andrajos con detergentes y aerosol?
Seguro todos los aperos de la noche no caben en la garganta.
Nuestro tiempo es invariablemente de despedidas, aroma implacable,
abrupto fuego sobre todas las destrucciones.
Siempre retorno al cuentagotas de los coágulos que se desprenden del verano.
Avanzo armando el rompecabezas de los rieles y los trenes, (el ojo aviva
todo lo innumerable de estos días, la mala fama que tienen algunas palabras,
los diezmos que de rigor hay que pagar aunque se frunza el ceño;
en la garganta todavía llevamos residuos de huesos, el pastel azucarado
de la noche en medio de la ropa sucia. Sonreímos falsamente para el disimulo,
de cara al desaliento, la madera mortuoria o la plena tierra.)
A menudo debo recoger —sin aspavientos— todos los cuchitriles del aliento.
Boquean las aceras del polvo en el estornudo amarillo de los tornillos;
alguien se detiene a recoger los picadillos del invierno, el aliento vulgar
de los azadones, las axilas arrugadas que no se parecen a nuestra vía láctea,
ni al trencito de madera, ni a los ojos desmayados del cuento de hadas.
Palpitan en derredor, los anillos y los muelles en procesión de pasajeros…
Barataria, 05.IX.2015

jueves, 10 de septiembre de 2015

MUROS

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MUROS




A la sombra de estos extraños contrastes, la frontera de la sombra sin andamios
como el descenso plano de la niebla en las pupilas.
Hay suspenso en esta reja inminente del grafiti, en la piel que ha sido ahogada,
por múltiples angustias y nostalgias. (Uno queda prisionero y tatuado
de por vida; encendidos muros sin savia de país, ¿en qué tristeza la sal recóndita 
del ascua? ¿En qué pira las manos manchadas de tanto deceso?
¿Hasta cuándo el alba abrirá los ojos y deshará los jinetes del fuego?)
Inmóvil la orilla arrinconada de los cementerios y sus furibundos pájaros.
Al fondo duermen los sostenes de la ausencia; y en cambio, sobresalen
los tapices y sombras de ese otro juego macabro que nadie entiende.
No existe una puerta, solo el filo de los bolsillos rotos y los signos volátiles       
que trasnochan con la piel. Ellos devoran carne y alma.
(Son las langostas de este tiempo. Egipto vivo.) Ciegan ojos y disecan esperanzas.
Como en Quevedo, veo luto y penumbra y zumbido de conciencias y estacas.
Muchos quieren pintar ternuras, pero hacen grietas, escarban con absurdos,
rasguñan de sangre y zozobra todo el cuerpo.
En el fondo solo nos alumbra la desnudez de ventanas distantes.
Igual que tantos hervores, el disimulo de los sordos; la necesidad pronta
de no ser féretro: hemos llegado a un punto donde las heridas están abiertas,
y los monólogos, parte de nuestra vívida soledad. Parte del grito sepultado.
Al otro lado, tampoco hay brújula y luz para guiar el nuevo aprendizaje.
Barataria, 03.IX.2015