miércoles, 30 de diciembre de 2015

EL HOMBRE FRENTE A LA LUZ

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EL HOMBRE FRENTE A LA LUZ



A Elena Muñoz



Nací cuando tuve conciencia de mis sueños: la luz, después, terrible y gozosa
en el aliento; ella, cedida a la humanidad de mis ojos. Lo supe entonces
cuando entré a la caverna.
El mundo es todo lo que nos queda en las manos después de asir la oscuridad.
—Sí, busco mi propio transcurrir en las distancias: no hay mañanas mágicos,
sino presentes con credenciales de hambre.
A mitad del tiempo, la voz tomada de los pájaros, las ojeras del ocote.
Y este prolongado embriagarme en las luciérnagas. Y este rompeolas
de la ebriedad, y este reguero de sueños en los adoquines.
Frente a luz, son innecesarios los memorándumes de la ceniza: abro cada vez
el cedazo insepulto de las antorchas.
El hombre es hombre cuando deja de anochecer en la mugre, cuando escapa
de las esquirlas, pero no de las parábolas, cuando vuela en la hojarasca
del último espejo, y sabe morder el útero de la ciénaga.
—Sí, dejado el embrión, nadie es inmune al visible sol de la colmena.
La palabra lo resume todo: lo adánico de la luz, la flama que cobija las mejillas
y llena de campanas el secreto alfabeto de la desnudez.
La palabra, ese hallazgo definitivo del horizonte.
—Deja ahogarme en el ojo de la ráfaga, o en la lágrima del hervor de la breña.
Toda la luz es un monólogo en mis costados; aunque como tal no existe.
La raja de ocote copó toda mi inocencia. Embriagó mi propia sombra.
Barataria, 17.XII.2015

domingo, 27 de diciembre de 2015

OQUEDAD ABSOLUTA

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OQUEDAD ABSOLUTA




Seca ya la palabra pronunciada, súbito y silente el hoyo en el aliento que mira.
Absoluto el olfato transcurrido en las osamentas, allí echada la soledad
como una piedra, como ese bajío entre la multitud y la respiración de aceras.
En las sienes los orificios adustos de las dentelladas,
las semanas entre fétidos retretes, —vos, sedienta de escaleras rutilantes,
entera de peces heridos en el pecho,
cierta de amarillos secretos en los ijares, libre de cansancios.
—Afuera el talón de Aquiles y la mazmorra sin remedio de la soledad.
Los demonios se nos presentan en el fuego, en los tendones fragmentados
de la sintaxis, en el fósforo fúnebre que alumbra los cadáveres y pervierte
el gozne de la lágrima: uno vive pensando en la autenticidad de la lluvia,
en el cambio de piel de los estíos, o en las aceras encorvadas del sonambulismo,
en la jerarquía geográfica de los zapatos.
A nadie aguarda este pozo debajo de la sombra. A nadie el sinfín vertical
de los eclipses, el metal de los recuerdos, la pesadumbre honda, no disuelta.
(A la hora cero también se hunden las iglesias en la paranoia de los sueños;
la hojarasca nos llena de falsos silencios y nos vuelve a sus plegarias.
De pronto en la vigilia, saltan los amuletos en ameno diálogo; llaman al conjuro
de la ceniza, y a sus irreparables bautismos.)
Al final, mi voz y mi sangre en el hoyo de un mundo sin gente.
Sólo me queda el sudario, y el hormigueo de la partitura de los huesos…
Barataria, 14.XII.2015

jueves, 24 de diciembre de 2015

PÁJARO A LA ORILLA

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PÁJARO A LA ORILLA




Ebria el alba a la orilla de los pájaros, —sobre la rama de la ternura, la ceniza
y el tiempo de barro sobre la piel. El musgo ennegrecido de la garganta,
arde en el delantal de la sombra, en los austeros calendarios de la entraña.
Las ventanas cuelgan de los ojos, el único rito de la altura: rumbo al cuerpo
alado, la alacena del silencio con sus años de telúrico combate.
Sobre los médanos del alma me duele miserablemente el aliento, los zapatos,
la almohada y sus viejos amuletos, los barcos y los trenes y los cardúmenes,
la grieta que no redime los olvidos,
la boca abierta de los días violentos, los caballos del grito en los féretros
del trópico. Los milímetros de la niebla roban mi intimidad.
Como un huésped en reino extraño, el surco y su abierta faena, las mil fantasías
en medio de las aguas arrastradas hasta el litoral pálido de la espuma.
Rompo en el contagio con las huestes todos los escapularios y altares.
No me sirve la humedad de las axilas, ni las dentelladas de los muros de tinta,
en mi forma de respirar el mundo.
Desciendo de la carne para salvar la lejanía: íntegramente busco la luz.
No existe argumento en el bostezo de los rincones o esquinas, en la sombra
del ojo, (salvo en los brazos abriendo puertas. Salvo en la flor perfecta de unos labios, 
salvo en el día insistido de verde.)
¿Acaso es una eternidad estar dolido en las aceras, con el lomo incendiado
y en llagas, con la torpeza siempre del extravío?  —Yo aquella ala ignorante
de alas. Confundido de caracoles oscuros, duro de avidez y espinas…
Barataria, 13.XII.2015

lunes, 21 de diciembre de 2015

DESNUDO DE CLARIDAD

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DESNUDO DE CLARIDAD




Cuando la boca roza la luz, deshago todas las orillas de la yedra: fluyen
las escaleras del abecedario hasta el camino que nunca culmina en oscuridad.
Ando como anda el tiempo que perdura. Reconocible en la embriaguez
descendida,  en la cal redonda de la pared donde el sol muerde los lagrimales.
Siempre un grito suena en mis bolsillos como un largo lamento.
(Siempre el país en las acrobacias del trapecio, en el ojo y sus maniobras,
en sus improvisadas profundidades: el timón tiene errores ininterrumpidos,
y una sobredimensionada enfermedad de Parkinson.
A veces es una suma de capítulos de un libro de ficción con telarañas.)
¿Cuánto arde la piel despojada de asechanzas?
En el suelo, ardiente la respiración; intrépido el juelgo de la tormenta; cierta
la espiga del candil, o el cirio ceñido al aliento, o la huida de la sombra.
Siempre se vive borradas las esquinas del miedo: dulce, gira la luz y su regazo.
Dulce cuando hemos resucitado y es nuevo el metabolismo.
Cierta, la luz, cuando la memoria no es trocitos de ráfagas, ni fingido fuego.
Desde el fondo, la claridad fundamental del pan, el oasis de la puerta
hacia la intimidad donde labora el corazón de las luciérnagas.
Desnudo toda una vida por la ciega conciencia de lo perecedero e irreparable;
desnudo el cordero ante el galope: hemos resistido, por suerte, a los embates
de aquellos hoscos jinetes del polvo.
Ante la perplejidad de la conciencia, la madera con su filial claridad…
Barataria, 11.XII.2015

sábado, 19 de diciembre de 2015

DENTELLADA DE LA SOMBRA

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DENTELLADA DE LA SOMBRA




Exiliadas las osamentas de cualquier murmullo, nos queda el incesante latido
de las cloacas y su follaje de frenético fuego. Nos queda el alfiler
de la dentellada, o el aullido del tizón en el burbujeo de las luciérnagas.
Tantas bocas para comer qué hambres, los zapatos desorientados guiando
los caminos, el cuerpo duro de la piedra hacia qué éxtasis.
¿Purificamos acaso los fuegos del artificio? ¿A quién le resarcimos la alegría,
después de tantas osamentas y vertiginosos grises? A veces parecen insoportables 
los resortes de la insolencia,
las fogatas en las olvidadas almohadas de la memoria, el coágulo del vitral
en la punta de los dedos: nos hemos vuelto indispensables para el espejismo,
el absurdo es la línea paralela a nuestras sienes, al fragor del balbuceo
sobre la llaga amarga de las entrañas.
Nunca fue tan cierto el ámbar abisal de los relámpagos, a este haz
de sonambulismo dilatándose en el paladar del calendario, en el trozo de hostia
del conjuro, o en el ojo inverosímil del caos.
¿Hay la luz necesaria para curar tantas dentelladas, los eclipses subterráneos
del vacío? Me temo que sólo tenemos centavos en los bolsillos y no el aire
necesario para la bonanza de los pájaros. Y no el pilar ni la cornisa.
A menudo sólo masticamos las impaciencias y las sepulturas.
(Jugamos a convertirnos en la envoltura sin devolución de tantos estanques siniestros; 
tras la avidez, desaparecen otras señales, salvo este laberinto
en el que transcurrimos construyendo o negando otros espejos.)
Barataria, 09.XII.2015

jueves, 17 de diciembre de 2015

LUZ TRANSITORIA

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LUZ TRANSITORIA




Toda la luz verde de la medianoche, oscura hoja de los incendios, negros
candiles colgando del aliento más allá de los relojes y calendarios
que se desbaratan en el polvo suplicante de los vértices.
Toda la luz, oscura, en la flama de la usura, como descender de azoteas
siniestras, o nunca llegar a ese lugar donde se amotinan las pezuñas afiladas
de la muerte: huele a luz pulverizada y a feroces estruendos de párpados.
Un perro enreda su cola en el humillo de la nostalgia.
Un pájaro abre sus alas para hablarnos de los naufragios y sus secuelas.
Hablan los pedestales de las estatuas desde lo irreparable del aliento,
lejos las aguas desafinadas de las flautas,
la estación de la rosa edificada en la ceniza, o el manotazo de esperma
sobre el cuerpo estremecido de la palabra: nos ahogamos tocados por el deseo machacado de la Torre de Babel, por la infamia y sus sismos ocupacionales.
Junto a los atrios simulados de nuestro trópico, la puerta abierta del minuto,
el aire puntual de los espejos,
el cuerpo espumeante del candil, los dedos crispados de los guacales,
los atrios dispensadores de los falsos escapularios. (En el vaho, aquel olor
torrencial de los aserraderos. La claridad casi animal en las paredes, vos y yo,
próximos a la lluvia en medio del matorral, cabeceando como la atroz cicatriz
del pájaro del deseo. Sobre el pecho, las obligaciones del relámpago.)
Mientras camino, se entumecen los jardines y los estipendios de la vida.
Con excusas, escribo, y sigo caminando pese al miedo y los desprecios…
Barataria, 07.XII.2015

martes, 15 de diciembre de 2015

JARDINES QUEMADOS

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JARDINES QUEMADOS




Casi como una temperatura perversa, estos jardines quemados de la lejanía.
La incandescencia del kerosene dispersa las luciérnagas del más allá.
En los caminos toda la voracidad de la sanguaza y su perfecto saqueo de ojos.
Uno, de pronto, se acostumbra a vivir en estas demencias de navajas oscuras
y cacerolas de vorágine.
De todas formas se lucha con la frenética de las venas abiertas: uno desnuda
el tráfico desde las ventanas y le corta la celda a las palabras;
desvelado el escenario donde la brizna alza sus letargos, la hiena del espejo
y sus lluvias remotas, la sed con demasiados comensales, quedan escaleras
con gritos y bocas enormes de hojarasca.
Queda, —pese a la necesidad de la almohada—, seguir el camino a través
de sinuosas máscaras, de fogatas violentas, de oleajes vastos de saliva.
El ritmo de la leña ardiendo, roza las grandes aguas del sueño; mientras tantos
ídolos, derriten su mundo de musgo y granito.
El corazón nuestro desde ya hace ratos ardió en el frío. Y lo cundió la escoria.
Nos queda averiguar cuántos días de olvido atraviesan los pájaros.
Dentro de las uñas del grito, la memoria carece de garganta y hasta de ropa.
De la mosca al plato, las antípodas hacen sonar sus guacales:
al parecer todos los jardines arden en medio de sedentarias cenizas.
Junto a la voracidad del hollín, alguien en su demencia envenena las llaves
hasta el punto de dejar grietas en los huesos y oscuras navajas en el camino.
Barataria, 05.XII.2015

domingo, 13 de diciembre de 2015

PARÉNTESIS

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PARÉNTESIS




Habla la hoja de otoño en la transfiguración irreparable de los andenes.
La perennidad es demasiado adusta para quien siempre está en marcha.
Tras el campanario del mar, suelen haber funerarias que rompen con el tiempo.
Todas las calles me provocan nostalgias: en algún rincón las hormigas
agrupan sus reflejos y meditan mientras se escucha el sonidos nasal de alguna
bicicleta, la lengua es sorda a la ciudad,
las palabras cabecean entre tantas sombras desatadas, la boca sobre
la raspadura de una pared que carece de la noción de trenes, del aserradero
de las distancias, y hasta de las yerbas curativas irrefutables.
La ciudad nos ahoga junto al tiempo, al agua profunda de los tributos,
a la desnudez que ahora florece en los sonambulismos.
De pronto los pasadizos y ventanas sirven para encontrar el horizonte
que se aleja: bosteza el sombrero de copa de los árboles cuando los funde
el frío del invierno, o los caballos rotos del trozo de bruma que picotea la frente.
(Una pared sin suicidios me aliviaría de la muerte); sube hasta el cuello,
el pespunte de saliva de estos días, el alfiler redondo de la luz de los semáforos,
o el simple crisantemo del aliento sobre el asfalto.
Un epígrafe de peces sería un excelente preámbulo para un poema de braceos.
Hay vientos aquí que desvanecen todo el relieve, necesitamos un eclipse
para añadir unas palabras más al poema.
Necesitamos ojos para no perdernos en los viejos párpados de los manubrios.
Barataria, 03.XII.2015

viernes, 11 de diciembre de 2015

VARIACIÓN DE LA SOMBRA

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VARIACIÓN DE LA SOMBRA




La sombra que me acompaña es la fuga hacia el olvido. Es el vacío que atiza
en su ancha neblina insospechada. Uno muerde la sinfonía de la piel,
cuando el imán en ascenso transita en la propia humanidad.
La sombra, —a mi espalda—, abre todos los pañuelos de la oscuridad,
salen del disfraz, los murciélagos agonizantes de la caverna: tantos recuerdos
y juguetes sobre el musgo de la hamaca , o el comején de la mecedora.
Las larvas alojadas en las costillas cavan su nido: crece la bestia en su jadeo,
la crisálida crepuscular de los suicidios, la imagen del gato sobre el tejado,
los caminos que mueren en las plumas del pájaro sin ninguna gloria.
Alrededor de los vacíos, la estridencia de las cruces y las mortajas, las aspas 
negras del aliento y la mirada oblicua de los círculos.
Hay sombras como la lengua sobre el asfalto flotante de los pañuelos;
—vos que me arrancaste el embrión de los sueños lo sabés.
Sabés de los ojos que bajan hasta el cuello de las sábanas, de la brecha  sobre
el polvo de los agobios, de las tumbas que abrigan con su indiferencia.
Vacío los poros de los ruiseñores, o el colibrí de ansias.
Siempre me confunde la sombra de piedra que recubre las pupilas.
Aquí, en el zodíaco de sal, el almanaque en torno a la partición de aguas.
Aquí, un poco el barniz y las espinas, la pelambre ciega de la edad.
No sé a qué imágenes líquidas pertenecen los sueños, la épica hacinada
de las sombras, la muerte que nos encarna desde la casa. (¿Acaso somos esa
extraña sombra de siempre tan cerca de la entraña?)…
Barataria, 01.XII.2015


miércoles, 9 de diciembre de 2015

LUGARES PARA EL OLVIDO

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LUGARES PARA EL OLVIDO




Muerdo los calcañales del escombro, los hospedajes, los antros donde
nos golpea la desnudez, los precarios inodoros en regiones oscuras y patéticas.
Uno quiere olvidar al país en medio de estas legumbres podridas
de la historia: las lágrimas son un extraño lugar para la fantasía; uno se hunde
en el hocico del perro callejero, en la lujuria de los desaciertos.
El país es una jaula abierta a las sombras.
La fragancia no deja de ser letargo en los cuerpos triturados por la noche.
(Cuando digo vos, no señalo con el índice a nadie),
es sólo la manía de compartir la herida y la escalera de pájaros que aún queda
en el trueno; la ebriedad nos sonríe hasta dejarnos sordos,
(ignoro si en algún orgasmo se encuentran amuletos, o barcos en la almohada).
Hay lugares que sangran día a día.
Tal vez sólo en el imaginario existan inocencias, la tormenta arrasa con tierra
y cráneos, con esa mezcla de ala y destierro: afuera quizá haya luz y olvido.
En la garganta, el altar y las plegarias y las horas insoportables en la entraña.
Mientras existan los disfraces habrá verdugos.
Mientras nos contamine el desvelo y no haya tregua, habremos de abrigarnos
con la piedra o la sombra.
¿Puede alguien arrebatarle los cuchillos al insomnio, a este lugar de incendios?
Todo huye y nada se extingue, permanece. Es noche cuando en pleno día
se erigen ataúdes, y se usan como arma de dominación. Y fluyen…
Barataria, 28.XI.2015

lunes, 7 de diciembre de 2015

ÁSPERAS MIGRACIONES

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ÁSPERAS MIGRACIONES




A Elisabeta Botan, poeta, traductora, amiga.


En las escaleras del reverbero, las ásperas migraciones de los fantasmas, mientras 
la historia arrastra candelabros. Nadie está ileso de esta porfía
de la breña, d la furia, el moho, la lascivia y sus verdugos.
Nunca fue para nosotros el sosiego, sino el suicidio, la sombra errante,
la semilla inasible: sobre nuestras pupilas las fachadas del alba y el cierzo;
lejos, lejos la luz y el pulso de las ventanas.
Siempre los minutos llegan tardíos a nuestras manos; en guacaladas,
todos los desertores, la aldaba corroída de los ojos, el paraíso apocalíptico.
Retornó la noche junto a la voz de las telarañas, la noche ya cerrada
en sueños verdes: es terrible el polvo que levanta la hojarasca, la piedra
de fuego que nos abre la espalda, y el diente arrebatado.
Se nos perdió la linterna, entre mujeres y niños y ancianos, la furia es mayor
cuando se incinera la intemperie y todo estalla al filo de la fetidez.
No existe milagro cuando la esquirla se pudre en la carne, cuando la grieta
corroe y no hay trenes que alivien el viaje.
Duele el país insaciable de nudos, duelen los rieles desplomados del rocío,
duele el ojo ante los charcos de la depredación, duele la violencia.
Crepita el huracán sin ningún desenlace y el diluvio del guijarro. (Fulgura
el crimen y deja las sábanas vacías, deshechos los zapatos. Siempre es extraño
un tren mutilado, los hospedajes oscuros como sarcófagos,
el beso interrumpido mientras anónimamente se incineran cadáveres.)
Llegada la noche siempre respiro lo inaudito. Nunca hay horario. Nunca.
Salvo el camino y la salmuera de los epílogos…
Barataria, 27.XI.2015

sábado, 5 de diciembre de 2015

CLARIDAD ENTRE PIEDRAS

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CLARIDAD ENTRE PIEDRAS



A Anca Tanase, poeta, traductora, amiga.



Roja la inocencia, las infancias que me gritan desde la geografía de la tristeza:
discurre la ciudad marcada por el tiempo, vacíos los diversos lenguajes
de la melancolía, las sílabas ennegrecidas de desnudez, el espejo empañado
por la lluvia y los embarcaderos que se hunden en la lejanía.
Hoy sólo sé del nudo de aguas estancadas en la memoria.
El umbral dejó de ser asombro para convertirse en atril de mucha perversidad.
—Hazte, claridad, mínima luz para toda esta garganta de sombras;
prologa, al menos, estos insomnes pájaros para que los goznes no derriben
este cuerpo que no se niega al braceo.
Como hiedra, este tiempo, no el soñado. Sube la túnica de su espiral
hasta dentro de los ojos verticales del rocío. Después de los primeros años,
uno va abriendo los brazos al otoño, a cierta tierra que no será extraña
al cuerpo, cuando llegue el momento de los inventarios o del ave de rapiña.
Algunas veces me limito a poner los ojos sobre las ventanas (a menudo me niego
 a la zozobra, a ser rehén junto a las enredaderas de medianoche, por desgracia
no existe el reposo ni es pétrea la alegría.)
En el ardor de la rosa, la sed es polvo; relincha la hoguera desgreñada
de la lluvia y sus pezuñas de catástrofe. Vino el vómito y pronto fue caos
la garganta.  Pienso, después de todo, en la travesía de las palabras
a través de las axilas, —el ave jubilosa de la claridad hace cálida la sintaxis
de las pupilas, ese otro territorio del vigía, el asombro y su ovillo.
A tus pies, toda mi niñez desprovista de mesa con su lenguaje nocturno…
Barataria, 25.XI.2015