sábado, 9 de enero de 2016

ESTACIÓN DE LO REAL

Imagen cogida de letraslibres.com





ESTACIÓN DE LO REAL




A nada puede compararse este tiempo que se encaverna en mi pecho: náufragos 
por doquier como en viejos galeones colgando de los cáñamos
de la espuma. Ninguna estación es tan real, ni siquiera ese espacio de neblina
donde nos comen los minutos hasta atorarse en la entraña.
(Uno cree, —hoy en día—, que existen espacios fiables, pero no es cierto);
juego a los absurdos que me dejan las estaciones: hay nostalgias e imágenes
que se abren a los ferrocarriles, hay vaguedades en desorden
en el subconsciente, hay lecciones que los transeúntes sangran frente
a nosotros. Todo es tan real como andar descalzo alguna vez en la embriaguez.
Son ruinas los horcones del poniente y se ensanchan en lo imperceptible
de las extremidades: ¿Dónde está el Paraíso? Aquí nos hacen falta monedas,
y tamales pisques, y chicharrones y ujushtes y albahaca.
Tenemos, en cambio, los brillos habituales de la mendicidad y el gruñido
de tripas, y el crimen, sacándonos cada día de esa burbujita donde imploramos
el milagro de la vida. ¿Qué hacemos con este infierno que golpea
nuestras extremidades? ¿Qué rumbo de damos a las estatuas?
Uno acaba odiando toda la soledad que lleva arrimada a los hombros.
Las ausencias son, la única voz que conozco, los ojos mudos del tacto,
la calle en las distancias del entrecejo, el tiempo entre la brasa de los recuerdos.
Nunca respondí a los espejos, pero sí al frío; en ese punto de la asfixia,
la cajita de luciérnagas para iluminar el horizonte…
Barataria, 27.XII.2015

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