martes, 5 de enero de 2016

ETERNA INTEMPERIE

Imagen cogida de la red




ETERNA INTEMPERIE




Nos llueve toda la hojarasca desprendida de las grietas de los puertos.
Allí, la salmuera y sus racimos de crepúsculos de la deshora, los lápices hostiles
de la breña sobre la piel, las extrañas lecturas de los Evangelios apócrifos,
esta rama incoherente de luz en pleno grito de pañuelos.
Más allá de los ofrecimientos de seguro nuca tendremos nuestras vestimentas,
ni siquiera el pocillo  de café pusungo para calentar el paladar.
Uno se pierde, —por supuesto—, en los múltiples lenguajes del analfabetismo.
¿Qué idioma tienen las erratas mortíferas de los agujeros sucios, colgando
sin explicación, de la diadema de algunas ramas?
Ni siquiera las moralejas sirven aquí como guitarra. Uno orina de felicidad
sobre el césped como el perro imperecedero de la otredad.
Los tiliches se encargan de proyectar la luz oscura de las sombras, las pródigas
noches donde desaparece el paraíso.
A menudo uno despierta con todas las distancias de las cortinas desangradas:
se oyen los ahoras de cada día destruidos, la tortilla de mañana que nunca
llega a la mesa donde el fuego arrecia como esas constelaciones de oscuros
murciélagos: el día termina por ganarnos la desdicha.
Huir no nos quita el frío necesario, ni reemplaza el sarampión de las sombras.
En medio del diluvio de la nostalgia y la breña, maúlla el gato de la monotonía;
lo hace, también, la piedra y su fecunda indolencia.
Al final, sólo nos quedamos con los caballos enceguecidos de un galope incierto.
Barataria, 23.XII.2015

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