miércoles, 27 de enero de 2016

TUMULTO DE LA CALLE

Imagen cogida de la red





TUMULTO DE LA CALLE




Uno camina inevitablemente desde el polvo hasta el pavimento, desanda
los tumultos mientras alguien canta aleluyas desde sus cenizas: las fantasías,
—allí—, son meros artificios de la conciencia.
Cada quien animaliza sus tropiezos o frustraciones, esos cansancios fieros
como la orina negra que resbala de las paredes de adobe.
(De este lado del infierno, Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, Éluard, embozados
en la penumbra del más condensado vinagre.  Del techo del jengibre el albatros del fermento con su risa a quemarropa.)
En el tropezón de los sueños las herraduras huecas del vacío y sus ojos desnudos 
de granito: en el grifo irremediable de los estatutos del alambique,
el mundo y la parábola del hijo pródigo, algún olvido momificado
entre las manos, las esquirlas como dentaduras postizas, yertas de tanto andar.
Después de caminar una oscuridad, de seguro nos cruzan la vista los designios.
A lo largo de todas estas calles negras, se advierten los milímetros de miedo,
y el largo sonido de un cayado al pie de un cenicero de pájaros.
—Usted, ¿alcanza a ver los otros ojos que la miran desde la oscuridad de miles
de despojos? —Sí, usted, esa sombra honda en mis costillas.
Advierto rastros en cada piedra y extrañas ceremonias.
Advierto fuegos enajenados al filo de los zapatos y trenes de extraña anatomía.
En cada picotazo de piedra, el estiércol o la luz en agudo laberinto.
Sobre el trozo de luz que resbala, la otra orilla amarga de la saliva: siempre es así, 
la lluvia que nos deambula en el hueco de las sienes.
Barataria, 10.I.2016

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