lunes, 1 de febrero de 2016

ESQUINA DE LA IMPUDICIA

Imagen cogida de la red




ESQUINA DE LA IMPUDICIA




Baila sin ninguna frontera y devora hasta los rincones deshabitados de la saliva.
Jamás se cansa del vómito, mucho menos de los prostíbulos: sobre las sienes
se agolpan los vados, las ojeras violentas y agonizantes, las monedas desmedidas 
del aliento,  la voz de grietas que va dejando la orina al filo del ojo
o al paso nuestro. (Uno no puede negar la crueldad con la que nos devuelven
las palabras, los ungüentos, la farsa, el tiempo que nos empapa de uñas,
o arrugas. Donde quiera nos cunde la almohada del asfalto.
Afuera, abunda el supermercado de las trivialidades y los deseos)…
Es fiero el abrazo desnudo frente a la luz: negro de mar el ojo descendido.
En cada máscara queda la mucosa impregnada de existencias irreales: terrible
el lugar donde desembocan las aguas negras de la metástasis,
las imperiosas lluvias precipitadas sobre cada perímetro de las puertas
del absurdo. Duele esta memoria forjada a través del desamparo y la ropa sucia.
En la sal orillada de los costados, sube la polvareda del tiempo y su puño.
Por cada centímetro de geografía la pelambre entre las aguas disueltas,
del pedrusco, del centelleo y la tormenta.
Nadie se inmuta, o una manera de hacerlo es elevando a cáncer el silencio;
al otro lado de la calle también se superponen las obscenidades del viento.
Uno sabe que morir, además, es otra forma de rebelarse, una especie de ajustar
cuentas ante el germen avieso que nos deja este mundo de moscardones.
En todo hay rastros,  no se necesita ser profeta para entender estos juegos…
Barataria, 14.I.2016

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