miércoles, 2 de marzo de 2016

MODORRA DE LA SOMBRA

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MODORRA DE LA SOMBRA




A veces mi torpeza y la sombra que la envuelve es síntoma de este desgano,
y somnolencia: muerden los espejos el último campanario del crepúsculo;
sobre el muro inconcluso del país, los falsos razonamientos de la acritud,
o los conjuros contra el sopor que producen los despojos.
Hoy en día acechan en exceso las idolatrías, mientras la impunidad se torna
la moneda de uso cotidiano; alguien puede cortarse las venas y no pasa nada,
es decir, nada cambia, excepto los gemidos y el costo de los ataúdes.
Quizá exista otra manera de no sentirse castrado, ni parte de las solapas
de los juegos siniestros del poder.
(A veces me toca llorar toda la tristeza del país: los recuerdos, las voces ausentes, deambular en medio del desorden hasta el punto de romper el día
sin los espejos alegóricos de la fábula o la parábola.
El moho nunca se sacia. Temo que nadie pronuncia al país con buena sintaxis.
Aquí hay dos fragancias: el luto y la política. Debería elaborarse una ley
con su respectivo reglamento, en la que  la alegría tenga su día nacional aunque sea 
por decreto. Sería un buen mensaje para los que todavía estamos vivos.)
“El mundo —ha dicho Cortázar—, se maneja como un cilindro de caucho
que cabe en la mano; el cansancio pesa como un pasajero a sus espaldas,”…
Tengo en cada ojo un prontuario de sombras.
En el escapulario del tiempo, descienden los fantasmas de la conciencia.
Con todo y la geografía de la insania, hay una resurrección que nos alumbra.
Barataria, 09.II.2016

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