domingo, 10 de abril de 2016

EQUÍVOCOS

Imagen cogida de la red




EQUÍVOCOS




Existe cierta retórica en las tantas geografías de la palabra: al parecer,
la supuesta belleza sólo la ostentan ciertos edenes todavía no revelados,
o ciertas estatuas, por desgracia, en disputa.
Por cierto, vivimos en un país donde siempre se idolatran las lágrimas.
A fuerza de engaños se quieren elevar a pájaros las piedras y la alevosía.
O deglutir al cisne maltratado de la garganta. O elevar a inmortalidad las heces.
En esto de la escritura cada quien tiene sus antros.
Desde esa máscara en blanco y negro es fácil hacerle ruido a la memoria.
Desde el lado del aparente olvido, no cuesta negar las esquinas del escalofrío.
Uno debe salir a la calle y sentir los olores pestilentes del tiempo.
Alguien se masturba con las teorías y se da golpes de pecho.
Alguien desde pequeños recados teoriza con la ética.
Hay suficientes espejos para ver en cuál de ellos cuelga la herrumbre y el tizne.
(Yo ya vengo de caminar entre la neblina y dan asco los empecinamientos,
las paredes donde se orinan las bestias, y el prurito de convertirse
en canonizador del orgullo nacional. No es nueva la danza manifiesta.)
Nada tan cierto como no abatirse ante las inclemencias y los jueces: hijos, claro,
de apretadas soledades, trémulos en su espesa sombra.
Como diría Gil-Albert: “Se hace imposible ya no morir con un asco de rabia”,
frente a los cementerios de la patria. (A menudo la falacia es dudoso escondrijo,
y trasnochada máquina para fabricar sombras.)
Barataria, 16.III.2016

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