lunes, 25 de abril de 2016

EXTRAVÍOS

Imagen cogida de la red





EXTRAVÍOS




En cierto modo uno riñe con el buen sabor de los fermentos, con los arañazos 
de la lengua en el pavimento, o lo que es peor, con la inmoralidad empedernida
de las esquinas de los retretes, uno cabalga en las grietas que deja el picoteo
de la desnudez, muerde las deudas encalladas en los bolsillos,
(o en las buchacas de las mesas de billar), la brasa sin paracaídas antes
de zafarse de las manos,
después el nardo de la nuez en mis manos, el vacío húmedo de las panderetas,
el ojal reinventado por la desmesura: luego busco la botella de mar
en las rotaciones exprimidas de la ráfaga.
Es el santo mausoleo donde están todas mis ascuas, el silencio creciente
y sus vísceras, la baba de la espiga en el antro de mala muerte donde
uno se pierde con la camisa transparente del orgasmo.
Mientras oigo los ecos a quemarropa, alguien se agarra del manubrio
de la flama, sin el condón que desdiga los globos del grito.
Busco cangrejos de agua dulce en la viscosidad de mis dominaciones tardías;
Algún santo incinera las sonajas de los cuatro lóbulos del apocalipsis.
Lo sé después de que me atormentan los chiriviscos de la sed, el pezón degollado 
del arcoíris con todo y sus vertiginosos fantasmas.
No doblan las campanas después de cercenar toda la saliva de la boca, ni hay 
lucidez en la ceguera de la caverna, sólo vos y yo en la siembra de la patria.
Sólo vos y yo, en el sombrero quemado de los pómulos: así queda escrito
en el siguiente sahumerio del almidón. Se diseca la bisutería en los poros.
Acaso, después, debamos zurcir todo el aliento, tuyo y mío…

Barataria, 26.III.2016

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