viernes, 8 de abril de 2016

RÁFAGA DE HOLLÍN

Imagen cogida de la red





RÁFAGA DE HOLLÍN




Entre el cuartón y las pupilas o las sienes, la lengua áspera de hollín.
Hasta este día aún permanece intacto en el tabanco.
Pareciera que nada se rompe en la simbología de la oscuridad.
Hay absolutos en la pupila monocular del infinito, en ciertos arquetipos
del ardid, en la mirada bidimensional del inconsciente.
En la noche irremediable, las pulgadas ciegas del vacío, ¿quién desata la sombra
para acercarse a la luz? ¿Quién se anticipa al fuego?
En nuestro mundo, el mundo de las sombras: lo inaudito, lo irrestañable
del desvelo, esas pequeñas calles subterráneas del aliento.
En medio de la densidad enceguecida, lo blanco o lo oscuro, el sueño exasperado 
de las palabras que se ahogan en el barro.
Sólo el espejo es visible en este lavatorio de sutiles ojos. Sólo el espejo.
En esta razón de hacer visible la oscuridad, la escritura sobre la vida
o el páramo, las ventanas del pétalo de la ráfaga, la nostalgia solamente.
Entre la vigilia y los sueños, ese surco de recuerdos que cruzan el umbral.
Antes del pensamiento, el tacto: esa mirada larga e incesante del tiempo,
allí, saber y olvido en la nada,
quizá, aridez y despojo, utopía y autoinmolación.
Todo se parece a la historia real de los objetos, a la condición de posibilidades.
Escrito está en la necesidad de las invocaciones: a menudo es ambigua y ciega
toda la escritura que nos anticipa el hollín, este soplo de árbol ciego.
Barataria, 13.III.2016

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