sábado, 21 de mayo de 2016

ESTRIBOS ROTOS

Imagen cogida de la red




ESTRIBOS ROTOS




Uno puede morder la viga del arbitrio y reírse del foco que salta
sobre las sienes, o buscar un grano de esperanza en la suela de los zapatos.
En el trapo sucio que gotea de los poros, el compás de los anillos del buen augurio, 
o el hedor de la basura como un ataúd en los ojos.
En el escondrijo ciego de los intestinos toda la sombra de las hambres acumuladas, 
las esquinas de los dientes y su mudanza de paladar derramado.
En los estribos, por cierto, y a menudo, sólo esos dos orificios que no sirven
para ventanas,  ni de respiraderos de las entrañas más oscuras.
Los zapatos en la mudanza. Los zapatos y la lengua de los perros humedeciendo 
el cuero, o los gritos que emergen de los aleluyas del vecino.
Alguien, como siempre quiere hacer de tripas chorizos.  Y lanza a viva voz, l
a locución de Hesíodo: Vox populi, vox Dei.
A menudo nos pasa aquí, aquello de “Viose el perro en bragas de cerro,
y no conoció a su compañero”.  Después de todo uno vive arrimado
a la esperanza y a la sopa de patas de vaca, o a la de mora y fideítos y chipilín, 
en todo caso.  Debajo de los estribos, la herida ahumada del tiempo,
o el silencio como una navaja de pulgas.
Uno pasa vergüenza cuando cruza el gorgorito azul de la noche y no hay sino
migajas pintadas en los ojos, o un candil a despecho de la propia ceguera.
En el pecho de la montura, quizá algún duende haga la diferencia.
Siempre me cunde lo improbable y eso tiene que ver con el hambre derretida
en las sábanas y con el abanico de mis luciérnagas lácteas…
Barataria, 14.IV.2016.


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