domingo, 15 de mayo de 2016

MARYLHURST

Imagen cogida de la red





MARYLHURST



Aún tengo en mis poros aquellas mañanas frías alrededor de la Faculty house. Después de clases y por mera vocación, abría los libros de Rafael Alberti (un par de antologías que días antes había encontrado en la biblioteca) o de Ezra Pound, o de Jane Glazer, ahuyentaba a los cuervos que colgaban del rocío. Ante cada tímida aurora, la necesidad de caminar y pulir la transparencia. La claridad, allí, sorprendía mis imaginarios: es como si toda esa gran ventana de Lake Oswego, me diera la amnistía necesaria para caminar sin miedo de las ráfagas de la iniquidad, de todas las calles verticales del pensamiento. El Mount Hood era intenso frente a mis heridas. Nada era turbio, ni el azar. Aquí, jamás tuve necesidad de administrar insomnios y en consecuencia, desvelos. Me doy cuenta que el cuaderno de la memoria no es una substancia rígida. Cada página iba acumulando la necesaria humedad para mi caligrafía…
Barataria, 11.IV.2016.

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