sábado, 4 de junio de 2016

ARENGA DEL TIEMPO

Imagen cogida de la red





ARENGA DEL TIEMPO




Es que debajo de los atrios aúllan los relojes oxidados igual que el perro hambriento 
de semanas: en todos los altos residuos de las ingles, Kafka
o Camus, junto al estribo necrológico del barniz.
Quién sabe si lejos de los recuerdos se muera el misterio, ese extraño suicidio
de tanto tienes tanto vales: es absurdo, lo sé, pero todos los días atraviesa 
impune esta comezón real de la conciencia. Sólo el tropezón en ayunas 
y el viaje final, queman igual, los ojos vendados o abiertos. Pero sí, son diferentes
los cementerios, los cirios a los matorrales.
Es diferente el rito y el rictus, la noche larga entre las colillas de la memoria.
En el final de los tiempos, ignoro si la Nada es una tragedia, o sólo un drama,
o sólo una comedia, o sólo un entremés, o sólo una zarzuela.
En un punto las grandes celebridades de mi país no entraban a las zonas
donde rige el desatino por la subsistencia, ni tosían el delirio de la ciudad
de entonces, la otra cara limpia o sucia de la tortura. (Algunas niñas ni siquiera
vivían en el país, lo andaban en llaveros como souvenir o en el juego macabro 
de algún vacío propio de la idolatría.)
El tiempo como la historia no son inocentes, tampoco lo es el padre nuestro
de la hoguera, los que ahora se han olvidado de tantos muertos que produjo
la utopía. Muchos se pierden en la penumbra de la blasfemia.
Debajo de la tierra, los esperaré a todos: allí estarán conmigo mortales ilustres.
Serán dientes y huesos en lo más hondo del camino, allí no sirven  las manos,
ni los puños, ni las palabras, ni los souvenirs, ni los apellidos…
Barataria, 23.IV.2016

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