viernes, 10 de junio de 2016

CLARO FUEGO

Imagen cogida de la red





CLARO FUEGO




Mis ojos solo quieren guardar la tierra sin pañuelos en las pupilas.
En la intensidad de la penumbra abundan los plurales, y ese mundo
progresivo de la suciedad. Mundos, al cabo, negros e impuros.
Raído el cuerpo hasta la agonía de los huesos, desemboco en el claro fuego
de esa tribulación que no excluye a los adverbios.
A ratos cuelgo las palabras de los horcones de la flama y su reiterativo parpadeo, 
y su abrasador metal amarillo. La claridad canta en los cabellos.
En el cuello del candil o de los cirios pongo mi ritmo y pensamientos.
El cuerpo juzga hasta la garganta, los hilos que atraviesan la gota de semen
al punto de anticiparse a las aliteraciones del poema.
Justo en el arco del pétalo, la luz es necesariamente habitable como la íntima
tensión de la entraña en su posesa fantasía.
Después de esa dualidad dialéctica, no hay disyuntiva en la noche o el día,
ni en la boca que muerde el dolor o el frío, ni en la sed progresiva de la tumba.
A veces los temores se nos vienen en clave. Lo sabe el agua y los olvidos.
Lo sabe la paradoja y su semántica. La cercanía de la piel y su filo erizo.
Exhausta es la noche que nos empuja al día. Corro entre cráteres.
En la noche soy sujeto para descender al país y mirar la claridad
desde mi propia ceguera, desde la no violencia de la posibilidad: es imposible,
claro, este cabalgar en la fugacidad de mis torpes combates.
Si de algo no me olvido es de toda la tierra inhabitable que tiene mi país:
De toda esa sed, clara u oscura, ensordecida por la dureza del tiempo…
Barataria, 28.IV.2016

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