martes, 7 de junio de 2016

ESTACIÓN PERPETUA

Imagen cogida de la red





ESTACIÓN PERPETUA




De una mano, que no se dé cuenta la otra. Sobre todo cuando la memoria quiere 
olvidar los amplios declives del calendario, los decires de la lluvia, o la astilla
de pronto petrificada en las mejillas, con frecuencia viene a mis ojos la ceniza,
y deja ese rastro que dejan los presentimientos.
Sé que un día ni las palabras serán conmigo, ni el alba  (estarán carcomidas
por la herrumbre), sólo aquella estación donde es irremediable la oscuridad
de los espejos y la mesa con toda la mugre de las cuarenta noches.
Cada quien sabe dónde se marchitan los pespuntes de la saliva, la testuz pálida 
de los muros, los caminos que siempre juegan a la melancolía.
Ya veo el ijar morado a través de las esquinas de la madera. Veo mi cuerpo.
Conozco desde niño las estaciones y son raras, como un alambique de torpezas.
Tan raras que, a menudo, ni en broma le gusta a la gente pensar en ellas.
(Hay de todo: la ironía a veces perfora la realidad, los sollozos ácidos
de la nostalgia, las sombras domésticas que palpitan, los juegos infieles
de los brazos, lo indemne de los mapas a la hora de la soledad.
Llegado el momento, nada lo salva a uno: ni ese vacío entristecido de la avidez,
ni el bisturí caduco de la agonía, ni la luz deificada,
ni la savia registrada en el cuaderno, ni en el enredo donde se disuelve la ternura 
con su poniente de curiosos depredadores.)
Supongo que en la punta de los dedos, hay un atisbo de agazapados sahumerios.
Uno acaba de dispensar lo hosco, pero no los destierros perennes y sombríos.
Hay, aquí, madrugadas insepultas e historias de fría niebla…
Barataria, 26.IV.2016

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