lunes, 13 de junio de 2016

LUZ PETRIFICADA

Imagen cogida de la red





        LUZ PETRIFICADA




En la magia de la noche, los ojos en las orillas encendidas del vidrio petrificado.
Casi como piedra es esta sombra de luz. Casi muelle el bulto de la piedra.
Van y vienen las miradas, el goteo desde la conciencia hasta la sangre, granito de sed hasta este ciego quinqué de la noche.
El desvelo es la carne intensa de los fuegos interiores.
¿Es tangible todo este grito donde boca y sueños deliran exhaustos?
Uno mata y se mata cada vez que llegan a las manos los pétalos húmedos
de la hoguera, cada vez que quedan al descubierto los tantos nombres de esa sombra 
del día y su largo oído incrustado en la boca.
Siempre nos espía la desnudez de la luz, la ebria saliva de la carne, los naipes 
artificiales de los sombreros, el párpado rompiente de los ecos.
Cuando nos consume la dureza de los espejos, el tiempo insinúa otros destellos:
sobre las sienes, la tibieza de la vela y el césped derretido en el relámpago.
Incendiadas todas las palabras, solo la ventana y su claro suspiro.
Sobre la mesa el hambre ardiente hundida en los destellos de las pupilas.
(Recuerdo la piedra tangible del aliento sosteniendo el hilo de luz de la nada abatida 
por la nada: ahora soy ciervo con muchos exorcismos y fábulas.
El cuerpo es duro en el frío desvarío del granito, pero también gotea luces del sinfín, 
como el afán del viento, y su traje de alas en el tiempo.
Quizá los litorales salpiquen de sol mis pies mientras camino: arde el grito arrojado 
al tacto arcaico de los guijarros.)
Todo sucede en mis ojos, y responden a la luz mientras viva: un alma soy en el cieno 
del murmullo. Agua y ascua en el cuerpo.
Barataria, 29.IV.2016

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