domingo, 19 de junio de 2016

MEMORIA DEL VÉRTIGO

Imagen cogida de la red





MEMORIA DEL VÉRTIGO




En el último entrepaño de telarañas, el vértigo arqueando los inviernos,
o esa rotación acerca de los calambres, o ese ritmo a punto de perder
el equilibrio, o todos los relojes ahí, en la corteza del matapalos.
Uno llega al punto sólo de los recuerdos insomnes, descalzos andan los meses 
que escriben sobre nuestros costados.
Ahora ya están todos los fuegos apagados y la luz enturbiada por las sombras;
debajo de las extensiones del aliento, el páramo y su escritura gris,
todos los días como infancias congeladas en la historia.
Salpica todo el granito del mundo en las aguas que cubren los silencios
del cuerpo: estupefacto, sí, frente a todas las calamidades.
Luego se siente una soledad entre la risa y los dientes.
La sal enturbia desde la altura, estos ojos rotos sobre la tierra.
Uno no sabe, al final, cuánto en realidad pesa la lucidez y los postreros días.
Cada quien sostiene u olvida lo que puede.
Detrás de la puerta, todos los desvaríos quemados de los pétalos.
Allá, la muerte callada, durable como el infinito. (Supongo que todo pensamiento 
posee sus propios duelos, esos que desembocan en monedas oscuras,
o en extendidas cenizas.)
Muerde el agua del pulso. Quema la luz de al lado de los candiles.
Llegamos a los ponientes llenos de pañuelos y sombras y soledad en el cuenco
de los ojos: gira, acaso, traslúcida la muerte, hasta sentirla sorda en el olfato.
Es creciente, después de todo, la luz convocada y su guacal de lluvia…
Barataria, 04.V.2016

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