domingo, 24 de julio de 2016

ÁPICE DEL ALFILER

Imagen cogida de la red






ÁPICE DEL ALFILER



A lo lejos
Una hoguera transforma en ceniza recuerdos,
Noches como una sola estrella,
Sangre extraviada por las venas un día,
Furia color de amor,
Amor color de olvido,
Aptos solamente para triste buhardilla
Luis Cernuda




Uno puede entender todas las furias, los sarcófagos, el universo bocabajo y con mal de ojo, la disentería en bocanadas de ceniza, o el vaho de las hachas sobre la piel, un leve roce de mundo adolescente sobre el ápice del aliento, entre los tantos callejones del holocausto que vivimos. Uno siempre quiere dispensar el dolor de las muelas cordales, o la colitis que hace lóbrega la eternidad. Después de repensar tantas veces mi niñez, “La lluvia siempre acaba siendo conmovedora, presentida en su carpintería…” No sólo es el muro físico, es el muro de la conciencia, los baúles de impotencia que huyen de nuestras pupilas, las púas del país que se adentran sin ningún desconcierto. El mundo exterior y la actividad psíquica nos dan una visión de percepción y memoria, de conciencia generalizada frente a lo que es en tanto susceptible de conocerse. Ante todo debemos pensar en cada una de las negaciones a la propia existencia, a los detonantes de la violencia y las asperezas. De cada situación causal, emergen esos trajes de los cuales el viento hace jirones; duele la gravedad de la sombras, duele no desmentir las sombras y su frontera emocional con la noche. La tristeza es vasta y rebasa las geometrías de la lógica. No sé si la entraña pueda soportar más muertos, los muertos del futuro y su analogía con el presente, los muertos como una limonada incólume, la desvergüenza como neutralización del oprobio y la mentira. Quizá un día sólo seamos muros y tierra y cementerios, dentaduras abandonas en los vertederos,  sólo la mueca del cansancio, donde nadie transparenta respiración alguna. En esas largas filas de la repugnancia, flotan degolladas puertas y ventanas, y enajenadas semánticas de la imaginación. No sé qué decir después de releer algunas cosas de Carl Jung. No sé qué decir de las ubicuidades, ni del cierzo que me cae en la nuca como un viejo clisé. No sé qué decir de los excesos de invierno y evangelios, si no tienen valor para jugar a la buena suerte. No sé qué decir de Príamo, ni de Hécuba, ni de cómo tildo la penúltima zancada de Aquiles. Siempre resultan increíbles las regresiones y todos los riesgos que conlleva traducir las semanas, fumar kilómetros de tabaco y escuchar un blues, por ejemplo, acurrucado en el taburete del sinfín. Dicho de otro modo, así se sucedían antes los fusilamientos; de aquélla a esta época no ha cambiado mucho, salvo las municiones y otros artefactos que provocan ciertos monólogos en el moribundo. Ignoro al detalle cómo son los juicios sumarios. Siempre llevo mi encendedor por si acaso, ese otro instrumento para darle fuego a los ídolos. Hay un polvorín de fuerzas ocultas y oscuras, fuerzas sensibles a las leyes gravitacionales, fuerzas incluso reverenciales al público. Yo escribo realmente entre momentos de confusa artillería, y entiendo que a veces mi vitalidad es torpe. Juro que es aburrido saber que hay personas que te leen por mera confusión incomprensible. Te leen, ¡joder! Y arman toda la teoría de la conspiración. A través de tantas películas deformadas de la cotidianidad, lo previsible es la paradoja, el mal aliento de la lógica transgresora, el desbordamiento emasculado de los genitales, la sintaxis desacreditada del hollín. Al final, sólo al final me doy cuenta de algunas cosas: la complejidad asfixiante de una abeja, las posibilidades de escribir un largo poema en el ápice de un alfiler, morder las tardes quemadas de los bejucos, hasta la cortina sin rostro de los rascacielos. Me apresuro. No quiero que los automatismos, acaben con este juego en resumidas cuentas. Nada ni nadie puede aniquilar un poema, ni siquiera la indiferencia. Siempre hay que mirar despacito los panes que trae la aurora.

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