sábado, 30 de julio de 2016

RAMAS DE HOLLÍN

Imagen cogida de la red





RAMAS DE HOLLÍN




En medio de esta claridad inacabada, entre el pecho y el aliento y el ala,
se va haciendo hondo el cauce de las aguas y duro el desfallecimiento.
A menudo uno transita sobre el granito enajenado de la intolerancia:
como las aguas en desbandada la masa informe,
de los remotos fuegos de las credulidades, del frío yerto de las cadenas.
Por momentos sólo es visible la tristeza o la vileza, el rigoroso carbón
de lo inmóvil, la rugosa corteza de la destrucción.
Todo pasa por cierta hipnosis colectiva.
Uno ve el camino de azúcar ensombrecido frente a la lectura gris y árida
de los interruptores: en el pájaro ciego de las sienes sólo va quedando
el turbio contratiempo de los relojes y su picoteo de herrumbre sin sentido,
y su joroba de oscuro centinela y su soledad de cerrojo acurrucado.
Nadie se alimentará después de estas ramas de hollín.
Nadie querrá poner candelabros sobre la mesa en vez de candiles en desuso.
Nadie repartirá sus ganancias después de sus suculentos crepúsculos.
Uno piensa según la comodidad donde duerme.
Después de todo lo que ya he visto, sólo quiero ascender de las alcantarillas;
los arcoíris sordos me robaron la tranquilidad al punto del insomnio.
De la noche sólo me quedan las esquirlas de los grises.
No quiero volver a los fósiles de la opacidad y la lengua encadenada.
Entre tanto crucifijo de espinas, uno le tiene miedo a la sombra de los umbrales.
Por cierto, nadie se extraña del embudo ciego que nos alumbra.
Barataria, 03.VI.2016

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