domingo, 31 de julio de 2016

RESOPLIDO

Imagen cogida de la red




RESOPLIDO 




se quiebran las blancas paredes en el delirio de la astronomía
y por los establos más pequeños y en las cruces de los bosques
brilla por muchos años el fulgor de la quemadura.
Federico García Lorca




Ruido de luz, dirá alguien con un dejó quizá de anonadamiento. ¿Acaso la luz hace ruido? En medio de los desamparos y desamparados, es posible el fósforo o la luciérnaga atravesando las sienes, quizá las mochetas, o el vómito olvidado adentrándose en las pupilas. Por cierto que la luz palpita en la palidez de las bufandas, en la húmeda colilla de la oscuridad, en las bartolinas de la concavidad de ciertas imágenes amortajadas. “Sobre la cabeza ─dice el poema─ el demasiado polvo de las vigas, el césped seco del crujido.” Allí, los miedos se hacen visibles como la ulcera nasal del polen. Así nos damos cuenta un día de tantos que existe la luz y la sed y los sacristanes y los curas y las putas y los borrachos y los políticos y los analistas de los políticos; uno siente que todo el peso de la vida cae en el bigote o la garganta, uno restriega los bolsillos por aquello por aquello de quien quita y por arte de magia se haga la luz, es decir algunas monedas. “Un día se irá usted y yo. Alguien querrá ocupar los brazos, abrochar el aliento, salir y ver girar la luz sin riendas, saltar y dormir, entonces, sin peligro.” Pero la voz siempre es una sola; la luz igual: grita la luz en los ojos, ella y las palabras no dejan de ser un rictus en medio de las verdades que de pronto se tornan billetes falsos. Un aullido de perros suscita el vuelo. Uno delira recién echa la claridad, aun cuando sea entre bocanadas de niebla y paraguas de dudosa procedencia y enredaderas de salpicados sombreros. Después de los ojos qué nos queda, sino la saliva de la agonía sobre los periódicos maltrechos del país, el trance hacia el despertar. Alguien sueña como yo con salmos, escaparates, vitrinas, piojos, telarañas imperturbables, sin dejar a un lado las sombras del alma, las calles ebrias de transeúntes, ebrias de tantas fisonomías, ebrias de tiliches, ebrias de oscuros heces. La luz. Nada más la luz y su apenas raja de tartamudez. La luz y los zapatos imposibles para caminar esta sequía. Ahora que lo recuerdo, quién alumbra mis párpados, quién asume el ala sin quejidos, quién muere sin su respectiva autopsia, quién sin su purgante, quien naturalmente sin remover sus lágrimas. Todavía hay luces cartesianas en los despojos. Yo solo oigo la luz de nadie que atraviesa los abismos de mi metamorfosis, la roca de agua de Heráclito,  aquello de partir las aguas como una radiografía. De los relojes calcinados levita la herrumbre y el resoplido del galope: el caballo de luz abre las acequias, porque para eso le es dado el transcurrir, el quemarse en el tránsito. En el cristal de los anteojos, nacen las monedas y la sal, la madera y ciertos objetos que luego uno olvida. Con la luz adentro se pueden ver los retretes y las mortajas y los silencios y los olvidos y el país donde uno arrastra los sueños. Ningún golpe sabe a mundo como la luz. Ninguna sonrisa en mejor que la tierra descubierta. Solo la fatiga puede hacer añicos los años, las banderas blancas del aliento, aun el ojo azul de la lejanía, o esa abeja verde del viento estallando en las pupilas. De la aves de rapiña, los libros ilustrados de la cotidianidad, los años que nunca pasan de espalda. ¿Qué agrego a todas las urgencias, a estas torpes iniquidades que se sirven día a día como el plato del día? Siempre llevo comisuras de hambre sin ningún disimulo. Justo en medio del alborozo, lo que antes era imperceptible. Siempre es así, supongo, cuando ya la lluvia, toda, ha sido derramada. 

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