martes, 16 de agosto de 2016

CATACLISMO DEL ESPEJO

Imagen cogida de la red




CATACLISMO DEL ESPEJO




Todas las alteraciones del viento, la fruición del estertor en los colmillos,
el fermento asumido de los excrementos, los días contados de la noche
y su almácigo de sombras: uno no ignora los tantos cataclismos
de la sospecha y sus explicaciones de anticipada sombra.
No hay dolor sin que deje de vivirse en el espejo, ni claridad en el claroscuro
de la memoria, ni silencio que de pronto nos sirva de bandera.
Nadie deja de ser lo que escupe en las aceras: el espejo, quizá, es sólo un juego 
para remover la espuma del desgaste ígneo del alma o del aliento.
No podemos hablar en lo hondo de las cobijas de lo próximo o lejano,
sino de esos gritos que se escuchan con ojos arrugados en la peluquería
del aliento, de pronto en la hojarasca de la desventura,
o en las ojeras capitales de los anteojos llegados a un punto de baúles amarillos.
Uno siempre está en la mira de alguien cuando se piensa en mortajas.
La historia se abre a tantas cosas, por ejemplo, a limpiar ciertas estatuas
y a izar ciertas banderas, y a degollar la risa inoportuna.
Todos los espejos que conozco carecen de lexemas, y sin embargo, están allí
como prestidigitadores del canto y los conjuros.
Por error, los espejos pueden confundir la desnudez y no distinguir entre lo uno 
y lo otro: quedan los huecos de la respiración, el aire voraz
cercano a las cloacas, el deseo de limpiar los sombreros y purificar paraguas.
He andado en los equívocos de cada una de sus sombras: dan ganas de tirarle
al tiempo otras fotografías. Otros buenos días a la letra desbocada.
Barataria, 2016

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