martes, 9 de agosto de 2016

ESCRITURA DE LA DESMEMORIA

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ESCRITURA DE LA DESMEMORIA




Uno va dejando en el camino que la desmemoria fecunde todos los  olvidos.
Ante la desesperación no podemos ya pensar en los retornos, ni en esas extrañas diatribas del cansancio, porque sería darle más oscuridad al aliento.
Debemos retornar a la inexistencia total de los puntos suspensivos.
La lucidez y el deshielo no necesitan de mordazas, ni de la pre-escritura
entre las líneas de los ojos, ni de la salmuera que cruza el calendario.
La desmemoria tiene sus propias úlceras y repertorio de laboriosos vacíos.
Siempre nos vence el cuenco del aliento, la faena amanecida, los rencores,
el frío, la distante niñez y sus gárgaras, la lluvia descalza y la ropa sucia.
Yo escribo para ir de a poco borrando las ventanas: si algo queda, serán días
de polilla, o la pared maltrecha de la oscuridad.
Si algo necesito es una almohada de luz para la salvación del más allá.
Ahora debo caminar sobre rieles inexplicables para luego dispersar
las hormigas y cuanto sea posible borrar  las circunferencias.
Una lágrima acurruca los horizontes de la memoria: escribo para el imaginario
siempre perecedero de lo putrefacto, para calentar un poquito aquella puerta 
de la risa, el pudor y el rapto de las verbigracias.
Quiero olvidar todas las rutas hacia los prostíbulos o quedarme en ellos, morder 
la gimnasia sólo de lo que va quedando en la calle,
disgregar los paracaídas, hundirme en el cadáver de los semáforos.
A riesgo todo el azar, la constelación telescópica de la tinta, el ojo del aullido,
y el parpadeo de la escritura como la primera cobija cubriendo el destello.
Escribo, entonces, para ocuparme de los trajes vacíos que tiene el Paraíso.
Barataria, 2016

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