viernes, 12 de agosto de 2016

LÍQUIDOS VISCOSOS

Imagen cogida de la red




LÍQUIDOS VISCOSOS




Por cierto, conozco desde la dimensión de aficionado, las obras de José Donoso. La dimensión del poema tiene su propio espíritu “Supongo que cuando el hombre se deshumaniza hasta los espejos son obscenos“. Justo por ahí van los hilos del poema. Hay claro cierto erotismo, pero a mi no me interesa el tema como tal, sino abordarlo desde esa dimensión deshumizadora: no hablo de orgasmos, cada quien sabrá si tiene los suyos.  “Parece poco, pero en realidad, cada minuto se hace desvarío y camino./ Toda la seguridad se torna sediciosa, dos hostias muerden el absoluto.” A veces es indescriptible la garganta cuando se habla quedito, mientras pasa la noche con sus cachivaches y el grito guardado en el pecho se cunde de laceraciones. Lo que hay fuera de nosotros son espejos. Lo que hay fuera de nosotros son castraciones y auditores que husmean en las esquinas, los hacedores de un  tiempo nada comestible, los surtidores del vértigo y el hollín. Es tan obsceno el silencio como el bullicio que provocan los techos de la febrilidad. Uno puede no entender los líquidos viscosos de la saliva, puede vaciarlos estornudos en el cuenco ce las manos, puede morder el tórax de los crucifijos, los centavos de esperanza que se nos ofrece en cucharitas fúnebres. Uno puede no entender los absolutos, ni los silogismos, puede no ver las bóvedas del quebranto, los muladares, los vaivenes del abanico en manos extrañas, la gota de país en la que uno reflexiona. A veces las mañanas resultan frágiles, desvalidas, insignificantes. Un solo olfato es incapaz de oler todo el mundo, pero hace la diferencia; un solo fuego puede escalar las músicas que emergen o emigrar de la hojarasca; un solo estertor es suficientes para hacer detonar los puntos suspensivos del vuelo, o el de los pájaros en plena marcha. Arde la severidad de los tropeles, el punto ciego de los sótanos, la imagen y semejanza que ocupan los pabilos, o aquella herrumbre que la soledad acumula dentro de sus redes de misterio. Resultan ciertos todos los soplidos en las paredes. Hay una mano que nunca regresa a sus aguas. Por cierto que, en este ir y venir, empecé a entender la dureza de las escamas, y los alrededores amargos de la idiotez. En esta dimensión atípica de calcañales, uno aprende lo terrible de los esmeriles, el yo solemne de las monedas, el precio de la conciencia y sus costados, el búho aturdido junto al chucho que ladra hacia no sé qué hospedajes. Ante los párpados rotos del horizonte, uno pierde la noción de lo efímero y se adentra a esas regiones sinuosas y sin salida.  Bullen las lápidas como un chorrito de agua en las esquinas olvidadas del calendario. Dialogo con la crisálida más remota colgada en los horcones de mi posta. Hablar es una especie de liturgia, una manera de alargar las reminiscencias, suspender por un momento la inocencia, desandar los brazos de las alambradas, darle sentido a los pantalones y aquellos dientes que muerden al unísono las gotas de sudor. Otro día habrá para quitarle el zumo a los espejos. Por supuesto, esto es confidencial, mientras empiezo a contar las canas del olvido. En un punto me quemo junto a las sepulturas y al sonido huesudo de las calles… 

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