martes, 30 de agosto de 2016

MAL DE OJO

Imagen de James Nachtwey





MAL DE OJO




He descubierto en la simetría
la raíz de mucha iniquidad.
Pero están sordos los serenos
y a las dos de la noche es honda la grieta del mundo.
José Moreno Villa




En la imagen desorbitada de las pupilas, esa huella infernal de los mosquitos, los dedos insólitos de las huellas, o la huida donde no existen analogías. Uno es, de pronto, ese rocío que se disemina en las ramas del aliento antes de caer a tierra. Hay heridas del tamaño de la palpitación de los bejucos, heridas claro que no restituyen los sueños; nos muerde el diccionario perenne de los lavabos, los insectos subiendo al espejo del sexo, o las aguas bajando como un inventario de piedrecillas del ocaso, de los rincones tristes donde juegan los niños pobres. Yo no puedo sentarme a la mesa de la indiferencia, ni dejar de pensar en la rosa crecida de la esperanza, ni en las telarañas que invaden fortuitamente la agenda del día. Esta humedad del abismo es altísima. Esta jaula de balbuceos es enorme. Uno se harta de todas las alas entumecidas del presente,  se harta uno de la boca adherida a la noche, de las lenguas de sal en los extravíos de este incendiario mundo de muecas, mundo de lágrimas: el mal de ojo crece galopando sobre las aceras, ciego de puñales y miradas, ciego de glorias miserables. Los ojos terminan gastándose en cada pedazo de ciudad, en ese velatorio permanente de luciérnagas donde se calla y se abrazan los barullos. Irnos, quedarnos en la fosa común de los relojes oxidados de este tiempo, morder las uñas sepultadas, masticar los pequeños insectos que habitan en las hostias, hasta el punto de morder la campana del dolor enmudecido. A menudo, uno necesita degollar todo el pus de las incoherencias e inconsistencias, quitarle la caries aguda a los meses, rezarle un padre nuestro a las arrugas del país. Alguien, sin mayor reparo, quiere descubrir el enigma en el reloj genuflexo de los genitales, en los cuchillos cansados de viudas, en la palabra obscena de un pañuelo carente de muecas, en la rosa de piel de un tatuaje de pájaros. No hay tiempo para dilucidar un tropezón de sordomudos, ni vinagre para ablandar anteojos. La alegría junto a mis heridas no es posible. Nunca se pueden revocar las sentencias del fuego, ni las de la lluvia, ni aquellos territorios donde se perdió todo el decoro. Alrededor, la cobija rígida de los alfileres, todo el invierno vivo de la niebla y la ceniza, el país rabioso de enjambres y células, fecundo de suplantaciones, terrible de sombras laboriosas.  Y sin embargo no pasa nada en esta fiebre de fríos candentes: recién me encuentro con un canasto de palabras muertas, con un dolor de ahogos definitivos, con una ciega tormenta de locomociones. Sé que la madera ha absorbido todos los brillos de la noche. En la curva de la saliva se despedazan todos los árboles fosforescentes de la flora nacional; arden las costillas después del agobio: en la mirada los sellos postales del vuelo, las piedras errantes del sufrimiento, los huesos en su cáncer de terror. Uno oye de rodillas a los ojos, la dura letanía de colmillos, el tren de sal que golpea las mejillas, el petate oxidado de la lengua. De pronto, me toca morder los monosílabos y las interjecciones, esa última moneda a punto de sepultarse; respiro sin alcanzar, a veces, la campana de los ovarios, la tierra alzada, áspera de ardor. Siempre me salpican de bocas los zapatos. Aspiro los aguijones del musgo, con su ardiente ropero de aguas tetelques. Al otro lado de la almohada, esa noción subterránea de la esperma dentro de la luz de tu sintaxis. Arden los relámpagos cuando se desprenden de la boca. Arde la montura de cada palabra. Arden las manos mientras busco las fotografías. Sí, en la altura del país, me cuido de los ojos y el bolsillo…
Barataria, 01.VII.2016

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