martes, 13 de septiembre de 2016

DESNUDEZ DEL EXTRAVÍO

Imagen tomada por André Cruchaga





DESNUDEZ DEL EXTRAVÍO




Me harta todo el esplendor y su ahorcada soga de esperanzas. Me harta.
En no sé qué desvarío de ojos, el amargo pájaro del reloj trepando
en la deshora del solfeo de las brasas, en el tanteo bofo de las ramas a la hora
del desayuno; desde los calcañales hasta la duna de los pensamientos,
la lengua medrosa de los presagios, la jerga de los tiliches sin paraguas.

(Vos creciste en el lindero de las aguas de los cuchillos.
Siempre la melancolía se torna fiera como los zopilotes: para entender
los códigos de esta desnudez, es preciso sacudirle el polvo a las ráfagas
sucias del aliento y lavar, después, el ojo de las premoniciones.
Cuando pienso en las espinas, de inmediato me remonto a la corona:
la memoria a menudo solo tiene sentido cuando la asociamos con la boca,
o la aportamos sin más explicaciones de los culpables,
o atravesamos las calles a sabiendas de la impunidad consuetudinaria.
Vos arrancaste toda mi ropa y gritaste como un disparo a quemarropa
hasta el punto de manchar las ojeras del petate.
Aquí todo pasa. Aquí florecen de oscuridad las ventanas, las sombras apalean
mi húmeda conciencia de caos.
Salvo algunos tiliches, las palabras no distan mucho de ser limosna.
Al borde de las rodillas, la ceniza oscura y el aire con humo de alguna fosa.)

Quizá el agua ácida del invierno, lave después de todo, las manos del sueño.
En principio y en la oscuridad no suelen ser extraños los espejos,
ni los purgantes, sobre todo cuando la noche media con sus barrotes.
En el interior de mi garganta, los cementerios ahorcados de las sábanas.
Barataria, 15.VII.2016

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