viernes, 23 de septiembre de 2016

ISLA INTERIOR

Imagen cogida de la red






ISLA INTERIOR




No sé si sucumbimos a todas las aguas que muerden los sombreros.
Vienen caminos desovados por sinnúmero de piedras, por viejos picotazos
de alambradas, por interminables cajones de saliva.
Desde el cadáver de los sueños, el filo del reloj murmurante sobre las palabras,
los retratos disecados en el chorrito de ruido de la mesa cuando las tripas anuncian 
sus vacíos: siempre cabalgan los proverbios sobre la corteza
de la piel, siempre en la puerta en contrasentido de los excrementos,
los destellos de los ojos hacia dentro,
el grano de mostaza esculpido en el ápice de la lengua.
(Siempre los peligros llegan sin ninguna absolución definitiva.
Me confieso ante la ternura o el escepticismo, ante cierto lenguaje reluciente
de sombras, detenido en el aire como un hilo de suspiros.
Soy ciego y torpe para asir el pétalo de ceniza que muerde el aliento,
allí, donde las paredes guardan ojos y aliento.
A menudo no nos queda más remedio que tapizar, despacio, los canceles
de la noche, e incinerar sus muebles, y cortarle los oídos a las paredes.
Hacia el interior del ojo sobrevuela, sorda, la madera de los crucifijos.
Azotan de todas formas, las apostemas de las agujas dentro del dedal del miedo.
Cuando haya concluido la hinchazón, quizá podamos ver a todos los huéspedes 
que ya se han marchado. Ahora todavía nos empuja la trastienda de las cebollas
y sus alitas de invisible hedentina.)
Llega un momento, cierto, en el que sólo es necesario un candelero
y el eco inocente de algún epitafio y una tijera por aquello del cordón umbilical.

Barataria, 24.VII.2016

No hay comentarios: