lunes, 5 de septiembre de 2016

OXIDADOS SILENCIOS

Imagen cogida de la red




OXIDADOS SILENCIOS




Siempre a través de los peldaños del óxido, los silencios muriéndose.
El tiempo y sus fatigas nos muerden con el hollín amargo de los aullidos,
con ese aquí que se traga todas las infancias.
Uno ya parece estatua corroída de transeúntes, agua invisible
en los bolsillos, muebles de cansada altivez.
Enloquece la ceniza cuando se fermentan los espejos, el oscuro mar
de la herrumbre, la infinita pesadez del mundo y la gloria intangible de la carne.
Los dedos secos del tizne descansan de seguro en los obeliscos del infinito.

(Uno camina en medio de amarillas soledades, redondas espinas,
e invariables cerraduras y chiriviscos.
Nunca he conocido algún precedente para explicarme este espectáculo.
Allá, en aquella costilla rota, las palabras se atreven a morder murciélagos,
a escapar de los fetiches y las sospechas, de la rabia y los desagües de la miseria.
Esos puntitos de oscuridad que forman los tiliches, no son suficientes
para lanzar la gota que rompa los relojes, ni abra ataúdes.
Ya nos cansamos de despeinar los esqueletos.
El moho ya es cobija y el ojo una sombra a mitad del candil.
Al final uno tiene la voluntad de salir adelante, sin mayores comentarios,
pese a la lluvia terrible que cierra de trotes la piel.)

Entre estas quemaduras del tiempo, debajo de las páginas quemadas,
el aliento cercenado de los ojos, el silencio como un almanaque roto.
En la marea de las contradicciones, las monedas y las sombras son alquimistas.
Barataria, 07.VII.2016

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