martes, 18 de octubre de 2016

AFIRMACIÓN DE LA ORFANDAD

Imagen cogida de la red





AFIRMACIÓN DE LA ORFANDAD




¿En cuántos epitafios cabe una sábana, los vilanos rotos arrastrados
por el viento, este reino solemne de los desfallecimientos?
Nunca olvido esas astillas de la orfandad que aprietan las sienes y juegan a ser fotografías permanentemente: siempre es el ruido primerizo de la tempestad.
Todo es nada en la orfandad: no hay avisos clasificados para la intemperie,
ni abrigos, ni siquiera una piedra de ternura que se estrelle en el pecho.
En el país uno envejece tratando de emigrar todos los días.
¿Quién puede comer así con tantas tribulaciones?  Ni siquiera el aire nos respira 
con buena salud. Ni la inmovilidad de las cárceles, ni la tempestad fría
del suicida. Uno aprende a limpiarse sin pañuelos las tantas carcajadas húmedas 
del vómito en la cara.
(Por cierto uno se pierde entre los hedores de los periódicos quemados.
Cae la noche y las palabras siguen tan extenuadas como la progresión
de la oscuridad: la memoria no es importante después de todo, por eso sigo
sin disimulo en esta realidad que me consume.
La esperanza es tan vacía como la caja de los muertos en los aserraderos.)
A veces cojea el lenguaje de tantas calles desiertas.
Hay cierta pirotécnica en los quejidos de saliva de la inflorescencia.
Nunca he tenido crepúsculos inesperados: siempre están ahí disecando mis raíces, 
ese silencio exacto que se escucha en los rincones de lo mórbido.
Y me asfixia con su olfato de perro.
Entre todas las sombras, lo único transitorio es el reloj seco de la muerte.
Barataria, 17.VIII.2016

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