domingo, 9 de octubre de 2016

LA PATRIA (monólogo)

Imagen cogida de eluniversodelmonologo.blogspot.es





LA PATRIA (monólogo)




A veces, en la noche, yo me revuelvo y me incorporo en este nicho…
Y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo, como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios.
Preguntándole, por qué se pudre lentamente mi alma?
Por qué se pudren más de un millón de cadáveres…?
Por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo?
Dime, qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?
Dámaso Alonso




La patria siempre, esa que tanto duele, “Patria ⎼⎼como dice un poeta argentino⎼⎼ es la selva, es el oscuro nido, / La cruz del cementerio abandonado,”… La patria, la tierra, pero no con ese romanticismo a ultranza, no con trasnochados lenguajes. Más bien, como lo expresa una de nuestras poetisas, Claudia Lars: “por el perro del pobre ⎼⎼humano en su vigilia⎼⎼; / por las ubres que filtran anises y albahacas, / por el gallo endamado, con el sol en el pico,(…) Por el húmedo surco en que el maíz se siembra,/ por la tierna mazorca y el vaivén de la milpa;/ por el tibio panal, anegado de flores,/ por las humildes yerbas de todas las cocinas,”… cuando hablo de mi país, hablo de estas cosas. También de sus silencios. De sus aromas pestilentes, del horror que apela continuamente al buen juicio. Dura para conquistarla todos los días, fiera en su seco patriotismo. Lo cierto es que siempre tiene un sol de ausencias, un nombre falso para entender proverbios, un morir continuo de sombras, nieblas permanentes amarradas a la ilusión. Nunca ha criado el sosiego, siempre un país de otras patrias, una distancia enorme y muchos agravios. “Braceo en los espacios diminutos de los poros, en la ambigüedad religiosa / de la muerte, en las órbitas vacías de las ojeras, el descrédito de los cuchillos./ Uno se harta de la frenética inutilidad de los gritos, y de las escenas civiles / con los rostros ocultos. Me asomo a los dobleces advenedizos de la voz.” El abandono siempre es superior a la mesa; uno puede perderse en la contabilidad de los ahogos. No hay un cuerpo de palabras fiables; impera cierto secretismo: nos persiguen las falacias y son interminables. “(A veces el frío es negro en medio de las aguas justo cuando las palabras / se balancean en la noche; hay caminos de sombras abiertos a la respiración./ Fuera de la piel, de qué olvidos podría hablar, de qué ojos cansados…/ Nunca he podido bracear como quisiera ante tanto ahogo./ Mientras solo me rodean las sombras, los olvidos se tornan poco adjetivables.)” Uno ya no quiere jugar a estos juegos perennes, extraños y confusos de la respiración. Tosen las ulceras desde las entrañas; duele abrir los ojos cada día y sentirse uno en medio de la polémica, confuso en la torre de babel de los exegetas del Estado. Da asco toda esta nebulosa de antorchas. De pronto uno quiere incendiar todas las tristezas junto con tantas máscaras. Cada día se evocan los excrementos, la sed, las acusaciones permanentes, los grandes cerebros de la náusea, nodrizas de falsas elucubraciones. Uno se harta de los suicidios de la patria. Se harta de la patria suicidada. Se harta de quienes suicidan diariamente a la patria. Se harta uno de los manubrios anodinos del poder. Se harta uno de ciertas vestimentas y de sombreritos y de triciclos. Uno al final, se harta Hasta de los genitales. Se harta uno de las posturas dilatadas de quienes trafican con la imaginación. Aquí la sospecha es la viga maestra de la vida cotidiana. Uno sospecha de los tumores en el cerebro, del carbunclo, de la eutanasia, del síndrome de las patas locas, de los libros ilustrados, de todo este sórdido instante de la historia. Es así, justamente, la validez de nuestros pensamientos, la súbita abstracción en la toma de conciencia de la risa o la servidumbre. Por supuesto uno sabe que la niebla resulta inextinguible: hay necesidad de promoverla, de elevarla a categoría dialéctica. “Ay, mísero de mí” entre tanta habitación vacía. Las afecciones son el alimento perfecto para lo soledad. Cuando alcance la verdad quizá pueda abandonar este infierno. Usted y yo, sabemos, de cuanta penuria y orfandad hablo. Cada uno de los imposibles va acumulando sombras; es como si, ante cada reiteración, se estuviese haciendo más grande la mordida, o el desgarramiento de la materia. Yo solo quiero vivir en el delirio del poema, o en el suicidio de mis miedos. 

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