martes, 1 de noviembre de 2016

DISYUNTIVA

Imagen cogida de la red





DISYUNTIVA




En el curso de la escritura, siempre esos dos caminos de mi propia existencia:
seguir en la búsqueda o quedarme en el inframundo de la no redención.
Siempre es flama la noche entre mis manos, verse uno en la desnudez
de no saber quién es, fundar todos los olvidos en el cuerpo,
embriagarse de resignaciones, embriagarse de tantos impostores de sueños.
Ya no se si existe lugar para guarecerme porque todo es intemperie.
Mi voz, endurecida en la aridez; los ojos, espejismo conducente.
Ante tantas ausencias uno construye sus propios fetiches, disimula, parpadea,
busca en algún rincón los absolutos y al mismo tiempo los gritos de sed
del agua, (no sé si pueda resistir a tanto polvo, o al régimen de hambre
y paranoias al que estoy expuesto, a los candados de oscuridad y no de luz,
a ese ánimo perverso de resucitar las equivocaciones.
Hasta hoy todo ha sido una mitología con cáncer terminal: la complicidad
es el plato fuerte del día, y no para retornar al resplandor, sino para extraviar
el follaje y ponerle el gatillo de la pistola a otra gramática.
Entre qué tiempo lo inédito y no el obligado sarcófago de siempre.
Para mayor desgracia, nadie nos devuelve la validez de las ventanas, ni la luz
de las puertas, solo el hueco militante de los extravíos.)
Contra todo pensamiento, la mala racha de la domesticación y su centro
de mando: la realidad es cosa del pasado. ¿Quién olvida?
Pienso que camino. Digo que camino. Hurgo, por si acaso, en la irrealidad.
Barataria, 2016

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