jueves, 10 de noviembre de 2016

INTENSIDAD DEL POLVO

Imagen cogida de la red





INTENSIDAD DEL POLVO




Nadie desconoce el polvillo de las telarañas: el sabor tetelque que nos dejan
los féretros y las calles resbaladizas de la moral.
Cruzan semidesnudos los bolsillos kafkianos de la angustia, la herida abierta  
y embalsamada de los gritos desclavados del dolor, las frustraciones matutinas 
sin poderse extirpar de las sienes. Esta antigüedad de vivir en medio
de tantos bostezos. Dan ganas de escapar cuando uno ve tanta perversidad.
Dan ganas de quitarle todo lo trágico a la luz del sol.
Uno hojea a diario los cuadernillos absolutos de la mendicidad
y hasta se pueden calcular sonrisas para cocteles y ponerle ojitos felices
a la interioridad de cada ahogo, o naufragio.
De noche, todos los sobresaltos nos devienen en insomnio: el polvillo escindido 
de la luz resulta hasta cierto punto inexplicable en la boca.
La verdadera intensidad del polvo de la historia, la encontramos en las distintas 
lecturas que hacemos del olfato, en los lugares donde se falsifica la conciencia,
y en los orgasmos retrospectivos de las alcantarillas.
A veces es patético sobre el plato de comida; el galope de su ruido nos revela
las gastadas aceras de la tierra, o la medida de todo lo rancio
que tiene la sequedad, cuando salta de golpe el murmullo de la pobreza,
o el tosco arrullo de un chucho ascendiendo a las entrañas del asco.
(Por encima del titubeo de las insinuaciones, está el hervor fortuito de la tortura
y su secuela de histerias ilegibles: es claro que la comedia continua)…
Barataria, 10.IX.2016

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