sábado, 19 de noviembre de 2016

MEMORIA DE LA INTEMPERIE

Imagen cogida de la red





MEMORIA DE LA INTEMPERIE




Es sólo el roce con el tiempo y las equivocaciones, la fatiga de todo lo que pasa,
los absurdos que enmudecen junto a mi respiración de labriego.
Uno se acostumbra a regresar a aquellas cobijas nunca reemplazadas:
antes fue así, todos los ojos en la aridez; al trasluz, las hojas del extravío,
los simples titubeos del resplandor, el tiempo dilapidado en los poros.
Entre una sombra y otra, la ciudad que nunca he encontrado.
Mis empequeñecidos centímetros de palabras ya no dan para tanto: imposible,
ahora, quitarme los anteojos y exclamar largas mutaciones de mi aliento;
a la orilla de la monotonía resultan extraños los silencios casi grotescos
del cansancio, el tropezón cuando se camina sobre el sollozo.
Allí uno está reducido a objeto. Sobre el subsuelo, las llaves perdidas del sueño,
y la disipación de la infancia y las aguas movedizas del vacío.
Nadie sutura los agujeros negros de la identidad, ni el espejo dilapidado de luz,
ni este amanecer seco como todos los amaneceres largos de las paredes.
Siempre fue el día como un esbozo de cuchillos.
Siempre los aprendizajes embrutecidos por esos espacios errantes
que nunca le ganan a la noche, tampoco al desenfreno de los tiliches.
Aprendí del abandono, todos los apellidos sangrientos de los sombreros.
Aprendí de los mediodías del andrajo, los viejos envoltorios del polvo.
(Cada una de mis ventanas dicta la intensidad de mi memoria: no hay maniobra que supere el sobresalto provocado por la conciencia:
el infinito no solo tiene vértigos, sino una especie de tartamudez que supera
los lenguajes de la oscuridad y las escenas cotidianas signadas por la muerte.)
Barataria, 19.IX.2016

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