lunes, 7 de noviembre de 2016

PEZ AHOGADO

Imagen cogida de la red





PEZ AHOGADO




Como el pez ahogado en la cueva seca del ojo, la sombra inconmovible
de los brazos de la noche y su boca de frío sin que nadie restituya
el agua limpia del relámpago. En la corteza abisal de lo inmóvil,
la conciencia quebrada, de súbito por los imposibles.
En el ojo se funden todas las líneas ciegas de la redondez: suelto la sal del aire
y el suspiro de los espejos, muerdo el péndelo que crece junto al viento.
De pronto, es inútil el braceo en aguas curtidas, entre el gozne de la ira,
y la cruz que uno anda en la boca.
Después de caminar entre tanta pestilencia cada quien se envilece.
Crece en los rincones de mi aliento, toda la ceniza infernal de la vida
y su callada lágrima, casi como un filo de precipicios, casi como un olvido
entre los dientes: resuella enloquecida mi propia sombra y ese sudor 
de moscas sobre las monedas y esa sorda tumba de guerrero.
(Después de todo, uno quiere olvidar todas las tristezas juntas. Respirar el metal 
gris de los cansancios, huir de la querencia de los golpes, disolver la piedra
que arremete contra uno, limpiar la escarcha del pecho con palabras nuevas, 
alargar los brazos al punto de llegar al frescor de una caricia,
resistirse a la dureza de ciertas bocas, hasta la desnudez total de los ataúdes.
Uno no pide más que la vida, en modo alguno ser mártir.
Entre nosotros solo ha habido vigilias de pura obscenidad. Entre el tumulto
de dientes, repasamos las lecciones de piedra de la sumisión.)
Por cierto, mi continua pócima está llena de absolutos y de alas que desean
ser río; y de vacíos que quieren ser sollozos…
Barataria, 06.IX.2016

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