miércoles, 21 de diciembre de 2016

DIAFANIDAD DISFRAZADA

Fotografía de André Cruchaga





DIAFANIDAD DISFRAZADA




Allí, en la alucinación que provoca la nostalgia, la diafanidad disfrazada
de ceniza, los dedos del calendario respirando las heridas.
El aliento nuestro contradice las afonías machacadas por el desaliento.
Abiertos los quejidos, no queda un solo instante móvil de rodillas,
ni siquiera el olor a madera de las carpinterías,
ni siquiera las pestañas cubiertas de polvo y telarañas.
Vista la viga del vecino, nadie sabe cómo remendar la suya, enderezar
la blancura, lavar el sueño de las calles para darles la diafanidad necesaria.
Es claro que en la comedia, uno se queda de espectro.
Hay presencias remotas como el recipiente de la esperanza.
¿Soy yo el que camina sobre las antiguas sequedades de la entraña?
En este país siempre estoy viviendo el último aliento.
(Llevo años juntando  el laberinto centavos, y gesticulando porfiadamente;
ocurre que debo caminar todos los días a través de extrañas mareas de meados,
entre aguas de fuego provocadas por la miopía. Debo cubrir de noche
mis miedos para que no se vean, pensar que son inocentes las páginas
de los periódicos, gesticular toda la hedentina del futuro.
De luz, solo los escombros de las cerraduras, los años que uno mira después.
Y me preguntas todavía por la diafanidad.
Debo caminar lejos, muy lejos de aquí. El tiempo también es piedra de calígrafos.
Estar aquí, resignado a que amanezca, es un disfraz)…
Barataria, 24.X.2016


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