viernes, 30 de diciembre de 2016

ESTERTOR DE LA CAVERNA

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ESTERTOR DE LA CAVERNA




Entre la costumbre del suelo y el destino de tu mirada
un dudoso pájaro de fiebre tramita dos o tres colores
ante el peligro de que de pronto despliegue el pensamiento
las anémonas suficientes para paralizar las fábricas
Es la ciudad donde la lluvia instala su conflicto sentimental
agregando un poco de azar a sus espuelas
A pesar de la guardia montada en los ojos de los astrónomos
la ternura menor de los taxis consume y disgrega toda tentativa celeste
Luis A. Piñer




Ignoro si todo mundo sabe qué se siente ser uno mismo, encontrarse con ese silencio, hondo, profundo, del mundo adentro mientras se tiende la ropa del aliento. ¿Quién se redescubre desde las muchas vidas habitadas? ¿Se llega a saber quién es uno? ¿Quién depila el susurro de las zonas erógenas? Siempre hay un más allá de la ciudad y el recodo de las esquinas. Existen quemas y gritos y escombros e interminables cementerios: importa la indulgencia del asombro, esa forma íntima del poeta para comprenderse desde la escritura; constituye la más convincente relación de lo que nos acontece, descubrirse uno entre la falsedad y la contradicción. Es evidente que ante tantos instantes asolados,  también nos afirmamos y evolucionamos más allá de las operaciones lógicas del universo. Cualesquiera que sean las acrobacias del pensamiento, existen “Neblinas grises resplandecen en la hoguera./ Techos de extrañas palabras muerden la lengua. Cántaros urden el agua./ Andan mis oídos desnudos de mares, asoladas claridades muerden mis ojos,/ y ahúman el entrecejo del arco iris./ Todo queda registrado en el escenario perenne de los huesos./ En la lengua de moho de los sueños, ningún cuerpo trepidante, / solo el movimiento oscilante de lo estático, las hojas quemadas del bullicio,/ y la agonía acurrucada del pestañeo y los asilos para lápidas amontonadas./ —Contiguo al sur de los goterones disueltos en aliento y semanas,/ están los tambores sonámbulos de la plenitud, la casa de mis primeros sueños,/ el aguijoneo espectral impulsado por el viento.” No dejan de ser naturales todos estos sobresaltos, los juegos desenterrados de la boca, las tumbas que habitan el pecho, los fármacos que encapuchan ojos y memoria, aquella anatomía que nos desvela mientras salivan los colmillos. Después de todo, los arrebatos son parte de las ampollas que se nos hacen en el alma. Irremediablemente uno puede reafirmarse en los abismos; el espíritu también tiene esos desniveles de mortalidad, esos extremos imaginarios de las grietas. Se desespera contra la incertidumbre, se aducen filos y palabras que no digieren las carcajadas. En el petate de mis largos atropellos, los extraños días, como la sed del páramo que nos ansía o nos dilata en su áspera esperanza. Al otro lado de la saliva espolvoreada, nos representan los anfiteatros y sus trampas de falso cielo. El poeta nunca duerme, desde su condición, está interminablemente en lo otro, en el tiempo y las aguas que lo golpean, sumergido en la historia cumpliendo un destino: cada quien persigue, a su manera, lo desconocido, así es como cobra vida la existencia. Todos van de prisa, menos el poeta. Día tras día hay necesidad de soportar los contrapesos de la memoria y el olvido. De seguro la paciencia se nutre de tantos y diversos extravíos. Una lágrima, dolorosamente, constituye un instante; el juego de las catástrofes y la histeria hacen la noche. Son parte de mí, los murmullos de algunos ijares, la rosa del jadeo en mis manos, la declaración de un día nacional, o los días de visita íntima a los presidios. Siempre es terrible y aburrida la posibilidad de la verdad, la distancia entre el deseo y el desenfreno. Me duelen sus ancas en mis ojos viejos. Me duele la dulzura en medio de tantos golpes de pecho; a veces debo encorvar la figura del poema, las llaves, aligerar el cuerpo ante el estertor de la caverna, ante las divagaciones del frío. Es imposible no fumar sobre el canapé largo de las divagaciones, pensar en la anatomía del celo hasta morir de impotencia. Todo parece lógico, después de todo. La desolación tiene su precio. Es triste. Callo. Es vital el corpiño calentito de las palabras y su hormigueo en los encajes. Con frecuencia, la relación con las palabras es sexual y apocalíptica; otras veces, despiadada como la audacia del crimen ante un indefenso. Recuerdo a mis verdugos, sería una ingratitud afiebrada que los olvide. Ahora tirito, inmóvil, frente al umbral… 

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