jueves, 1 de diciembre de 2016

RESPIRACIÓN DIURNA

Imagen cogida de la red




RESPIRACIÓN DIURNA




En cada oleaje, las mutaciones, quizá el infierno con su negro calendario;
en la inflexión de las linternas, la voz porfiada de los pretéritos fenecidos.
Suben hacia el interior los remolinos del tiempo.
Un antaño de melancolía se llena de relámpagos, sombras, aguas.
Vuelve la ráfaga, corteja las sienes.
Los diversos andenes, calles o caminos desenrollan las ojeras para luego lanzarlas 
al vacío, al aullido de ceniza propio de nuestra geografía.
(Uno quiere desocupar todo el cántaro de la congoja y obstinarse a las aguas;
también, a menudo, se le quieren quitar los agujeros a las telarañas,
ponerle un travesaño de agujas al destino,
alcanzar la lejanía hasta quemar sus cruces, desbocar los caballos de fuego,
abollar cada mesa imaginaria,
trepar a los caminos que están lejos de las lisonjas.
Al paso de estos días y azuzada la respiración, debemos atrapar lo interminable, 
hasta arrancarlo de lo subterráneo y del bostezo caviloso.
A la vuelta de la esquina emerge el frío del País, el alfiler en el lagrimal.
En el espinazo de los espejos, los hongos confitados entre las manos.
Todo el aroma salobre desciende a las alcantarillas.
Resbala en medio del humo de tabaco, la gota de sudor; el ojo se sobrepone
a la densidad, y al reguero de breña del dolor.
En lo diurno también uno se puede romper la cabeza contra las piedras.)
Hay jirones de gemidos alrededor de la pulsación de la memoria.
Barataria, 30.IX.2016

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