lunes, 26 de diciembre de 2016

TRUEQUE CON EL ESPEJO 8MONÓLOGO)

André Cruchaga





TRUEQUE CON EL ESPEJO
8MONÓLOGO)



La tierra tiene bordes de féretro en la sombra.
César Vallejo.



Desde mi ignorancia, —que no es poca—, escribir siempre supone un viaje del que no siempre se tiene un cierre por adelantado. A muchos nos desasosiega la luz y sus movimientos, la noche y ese juego de cazadores al capricho del tiempo. Mis divagaciones carecen de toda pretensión. Como una mecha suelta de candil suelto las palabras; luego, que ellas gesticulen lo difícil que es la realidad, o desvirtúen los despeñaderos disformes, el estrabismo del caos, o los vacíos amarrados con mecates. A menudo estos movimientos inversos o contrarios, parecieran el pájaro de fuego que se escapa del aliento,  o el moho que hace visible el jengibre de la oscuridad. “Bajo la penumbra amenazante de las piedras, las hojas calcinadas, nudos / de hogueras muerden las sombras del arco iris, todas esas formas/ del movimiento del ocaso, toda la intensidad avivada de medianoche./ A menudo los imposibles cambian para convertirse en escharcha, caldean / sus embates climáticos, beben la sed del lecho hasta escarpar el suburbio./ En los anillos arbóreos de los maniquíes, los sótanos profundos del búho,/ y el gris sobrio de las paredes. Y lo vulgar que tienen los entonces.”  En este largo recorrido, he aprendido a lidiar con mis andrajos, a instar al viento a que me arremoline contra las paredes, a probar todo el volumen de la noche descendiendo al cordón umbilical de las sombras. Como sólo tengo tiempo para ver la viga en mis ojos, carezco de mayores preocupaciones: siempre estoy desfalleciendo en el fondo del tiempo; hay enfermedades incurables tratándose del sinfín. Ante la velocidad del ojo, éste se pierde en las esquinas de los rincones; no existe, ahora que lo pienso, ese tal pañuelo del cielo, esa botella de mar donde quepa la alegría, sino una sed oscura y arlequines en el umbral de la puerta. A veces sin quererlo, creo, el poema sale muerto. Y no es broma. Yo siempre estoy como tratando de entender el nudo ciego del grito, o de la voz subida de tono. Es como si cada una de las palabras me estrangulara cuando trascurren las cosas vividas en el poema. Claro que no entiendo de revelaciones, ni el límite que tiene la puerilidad, ni qué ilusión es la que después de sucedida me causa nostalgia. Tampoco sé de las automatizaciones del universo, a qué profeta debo quitarle su velo, de qué subjetividades está hecho el cosmos. Siempre existe un punto crucial, a menudo sórdido, aullante, desacordado, carente de sentido. Motivos hay para el usufructo de la confusión: no siempre lo profético es utilitario, tampoco lo es la desazón que provoca lo desconocido. No hay nada luminoso en saber que un siempre es pretérito, pero tiene su propia conmoción esa visión de fugacidad, ese sentido de pérdida inmediata, la fuerza eterna de esa verdad, porque hay otras verdades que de pronto se hacen antojadizamente. Confieso que vivo con suprema tensión el acto de escribir mi poema diario. He aprendido, de igual manera, a no explicar lo que escribo, eso que quede como tarea íntima, a quien tiene la bondad de leerme. En torno a esto, a menudo se habla muy resueltamente, pero no me detendré a explicar esa oscura alquimia de la cópula.  Un viaje de este tipo carece de misterio, pero no de asombro. No conozco la lumbre que aísle las sombras, tampoco los límites que desdibujen estas diversas formas de andar descalzo. No creo en los frutos estáticos del alfabeto, sino en aquel fluir definitivo de lo real en la realidad. Mi mundo es el poema, aunque siempre ande perdido. Este tutelar, entonces, mi propio sentimiento de tránsito, es lo que le da sentido a mi vida, es decir, a perderme en el ardor fresco de lo esquivo. 

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