sábado, 17 de diciembre de 2016

ÚLTIMA ALTURA

Imagen cogida de la red





ÚLTIMA ALTURA




Sobrevivimos a los caudales de este largo viaje. Desde las infancias refractarias hasta 
el descenso, hemos trajinado junto a cada una de las ausencias
que nos han quedado. Heridos tuvimos que viajar en medio de la ceniza.
A veces resulta hostil estar justo en la línea que separa la cordura de la locura.
(Es duro afirmarnos en la sobrevivencia, sin que uno haya despejado las dudas,
o ese martirio de los recuerdos que no abren en definitiva las mañanas.
En realidad, todo queda en ese sentimiento de fuga.

El sentimiento nos afirma o nos niega. ¿Qué de raro tiene la negación
que nos arrastra? Este tiempo que nos baja con gritos de espinas.
Allí en el fuego cruzado de las estrellas, tus dos pezones de miel apenas esbozados, 
el asombro de la arcilla.

Después nos viene el sonido destemplado de la noche, ese fervor tan humano
de abrir caminos para darle sentido al bien o al mal, al ojo redondo
de la vorágine que nos desvela. Después, solo el cuerpo de lo fugaz, mordiéndonos 
el estrecho abierto de la memoria, inevitable inclemencia.
Ahora sólo me desnudas en la aridez junto a la cripta donde sangra la vigilia.
Hasta hoy supe de las hambrunas y las incineraciones.
Arrecia, sin duda, la tormenta de la soledad,  y su lápida de vacíos.
Debajo del escombro, las dualidades siempre existentes: los setos y las válvulas 
de la memoria, el aire roto en el aliento.)

Más allá de las penurias, huelo el dintel de tus ijares. Como la rosa, vos, 
sediciosa en éxodo. Granito en la batalla que libran mis olvidos…
Barataria, 19.X.2016

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