viernes, 29 de abril de 2016

HORA INDEFENSA

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HORA INDEFENSA




En el tapial del día los relojes escriben su propia historia, igual que los espejos,
y la fábula que no claudica entre nosotros.
Existen muchas voces subsidiarias del filo que gruñen entre las sombras 
demacradas de la penumbra: la irrealidad ha llegado a su punto  de máximo 
estertor y decrepitud;  de pronto, sólo hay analgésicos para suavizar el fierro
de la brasa, o los delirios de altar mayor.
Muchas de las horas del día se hunden en la penumbra de los roperos.
Muchos colibríes empluman el tiempo en los periódicos.
A menudo los epitafios parpadean alrededor del tafetán negro del delirio.
Sobre alguna ventana, las demencias con su carpa de potestad inclaudicable.
(Uno siempre se quiere aferrar a alguna caricia. A ciertos ojos, a cierta boca,
a ciertos brazos como enormes sinagogas de girasoles.
Uno enloquece ante lo inminente de los imaginarios, ante lo inagotable
que parece el pájaro de los juegos del esplendor. Uno muerde escamas y huesos, 
y calendarios de encorvados paraguas.
Uno nunca deja de ser rumor, o dolor, o fuego, o llegado el punto, respiro fatigado, sobreviviente de cielos de piedra.)
Sólo se puede vivir o morir.
Cuando las aguas llegan al cuello destruyen la garganta: escapan las palabras
de la superficie. Es extraña la piel que quema en la noche, mientras los perros aúllan bajo los ojos oscuros de la melancolía…
como el agua, el puñado de desnudez mordiendo las criptas del pálpito.
Barataria, 29.III.2016

miércoles, 27 de abril de 2016

UNAS DE CAL…

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UNAS DE CAL…




Uno no sabe, por cierto, por qué lado sangra el espejo de cal en los párpados.
Entro a la brasa de la materia y se silencian los ojos. El infinito de hoy,
será el esqueleto de mañana. En el trasiego emergen los sombreros quemados 
de la ebullición y la dicción oscura de las noticias en torno al tiempo.
Pido más claridad a la noche de las arboledas. A la noche de los olvidos.
Pido más sahumerios para martillar los truenos.
Pido apartar toda la bisutería de mis manos y zurcir las arrugas de los husos 
horarios y viajar en libertad hacia el despeñadero de lo póstumo.
(Ni modo, unas son de cal y otras de arena)…
Después de todo, mis desvelos son el otro sueño que tose durante el día.
Todavía no he escrito la palabra final de la cabeza gramatical de la otredad.
Durante todas las semanas envejecen las vitrinas de las palabras: no queda
un solo pilar para colgar los bostezos o los rincones curvados del aire.
Transpiro, después de todo, como una escalinata de hervores: tengo dudas
de los trapos viejos que me andan, de la mojarra que sale a la superficie
sin necesidad de bracear, de la sombras de los neumáticos preguntándose
por el absoluto. Sigo, pese al cuchillo de los inquisidores.
Debajo de las axilas, los cuervos empapan de negro el insomnio de los candiles;
en su paraguas, las úlceras de la noche.
Cansado de hombros, las cenizas salpican el cuello de la flama.
Mañana, de seguro, la trinchera estará confiada a la luz y no a la artritis…
Barataria, 27.III.2016

lunes, 25 de abril de 2016

EXTRAVÍOS

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EXTRAVÍOS




En cierto modo uno riñe con el buen sabor de los fermentos, con los arañazos 
de la lengua en el pavimento, o lo que es peor, con la inmoralidad empedernida
de las esquinas de los retretes, uno cabalga en las grietas que deja el picoteo
de la desnudez, muerde las deudas encalladas en los bolsillos,
(o en las buchacas de las mesas de billar), la brasa sin paracaídas antes
de zafarse de las manos,
después el nardo de la nuez en mis manos, el vacío húmedo de las panderetas,
el ojal reinventado por la desmesura: luego busco la botella de mar
en las rotaciones exprimidas de la ráfaga.
Es el santo mausoleo donde están todas mis ascuas, el silencio creciente
y sus vísceras, la baba de la espiga en el antro de mala muerte donde
uno se pierde con la camisa transparente del orgasmo.
Mientras oigo los ecos a quemarropa, alguien se agarra del manubrio
de la flama, sin el condón que desdiga los globos del grito.
Busco cangrejos de agua dulce en la viscosidad de mis dominaciones tardías;
Algún santo incinera las sonajas de los cuatro lóbulos del apocalipsis.
Lo sé después de que me atormentan los chiriviscos de la sed, el pezón degollado 
del arcoíris con todo y sus vertiginosos fantasmas.
No doblan las campanas después de cercenar toda la saliva de la boca, ni hay 
lucidez en la ceguera de la caverna, sólo vos y yo en la siembra de la patria.
Sólo vos y yo, en el sombrero quemado de los pómulos: así queda escrito
en el siguiente sahumerio del almidón. Se diseca la bisutería en los poros.
Acaso, después, debamos zurcir todo el aliento, tuyo y mío…

Barataria, 26.III.2016

jueves, 21 de abril de 2016

ENCUENTROS IMAGINARIOS

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ENCUENTROS IMAGINARIOS




La utopía del tiempo en los encuentros imaginarios con la memoria,
sal como la neblina hasta el cuello, seco mis ojos para que no se hunda el agua 
en otro absurdo como las fotografías a media asta del subconsciente.
Nunca son diáfanos los pensamientos en medio de la noche, ni en la ebriedad 
que emerge del viento,
ni en la palabra luciérnaga tan antigua como mis abuelos, o ese incendio
de las aldabas tras la lluvia, ni en el cielo falso del sollozo donde seguramente 
reposa el grito y la mecha del candil al otro lado de la mañana.
(Me he quedado a oscuras entre los matorrales de la nostalgia y los chiriviscos 
que quedan alrededor de la boca. Estoy, sin embargo, custodiado por olvidos.
Es terrible, ahora, pensar en todos los juegos de la infancia.
Son terribles, después de todo, todos los juegos alrededor del ombligo. Acordarme 
de los peces es un acto supremo de memoria, aunque ya nada sea.
No he dormido desde que la taza de luz entró en la carne.
Muchos imaginarios merodean alrededor de los reflectores de la hojarasca;
a cada quinqué le deshago el nudo de hollín del buche.)
Ante tantas distancias, ya no sé de qué costado dormir. Ni qué noche se hace 
más vieja que la polilla, ni qué fruta despierta en ventanas sin cortinas.
─Vos, maduraste muy luego ante el ojo de agua del cántaro sin vendaje
de los pensamientos.
─Yo, leí la primera crónica de viajes sobre los huecos que me producía el ansia.
Ahora lo sé. Aquí el aprendizaje te hace voraz; humanamente, la soledad
es también un acto de valentía…
Barataria, 23.III.2016

lunes, 18 de abril de 2016

SUEÑOS INSONDABLES

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SUEÑOS INSONDABLES




Hay sueños como las esquinas de los caminos, casi impenetrables, imposibles, 
de cruzar con indiferencia, aterradores como la gota de infinito sobre las sienes.
¿A quién buscamos junto a la serpiente de fuego que hacina las carpinterías?
A veces la amnesia rumia como un viejo vagón sobre andenes grises.
Por todos lados, los coágulos colgando de los fondos seminales de la noche.
Supongo que nadie sabe hasta dónde llegan los precipicios íntimos,
las depredaciones del frío del presente,
toda la muchedumbre acumulada en la boca de aquellas gastadas respiraciones.
De nuestro tiempo sólo las golondrinas de fuego sobre la palabra húmeda
de tiempo, y el remoto paraguas de las turbulencias a punto de la eclosión.
A veces la nostalgia me adormece como una hoja de otoño.
A veces me quisiera anticipar a la sombra que está al final del camino.
A veces la soledad enternece sobre los pájaros grises macerados en las piedras:
uno busca en la agonía de la flama, un dique donde se rompe la paciencia.
Después de tantas incineraciones, nadie es capaz de llegar al fondo de la bruma,
Ignoro si algo tiene de misterio, o charlatanería morder el crucifijo para limpiar
tantos despojos, y besar despiadadamente la fábula del hijo pródigo.
He visto a muchos morder las alambradas de la tormenta, la cal viva ardiendo 
en la boca, las cloacas avanzando en los espejos.
(Supongo que después de todo no pasa nada. No existe diferencia entre la falsa misericordia y la piel de lobo con los colmillos de fuera y la mirada de hierro 
disfrazada de ángel. Ay, el ojo que me ve en medio de la neblina.)
Barataria, 22.III.2016

viernes, 15 de abril de 2016

EQUIDISTANCIAS

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EQUIDISTANCIAS




Siempre igual la cárcava a esta oscuridad de destruirse en la eternidad.
Las mismas confusiones modulan las sombras de la luz, este tiempo dejado
al sollozo y al perenne sigilo, a la lengua de los vacíos.
Estos raros ojos en las sombras, ciegos de tantas conspiraciones.
Todas las posibles verdades están hermanadas con los funerales del incienso.
¿Será que siempre arde la memoria sobre las piedras? ¿Cantan igual las hojas
de las lápidas a  las de los jardines disecados con perennes osamentas?
¿Hierve una caverna como los brazos debajo de los reflectores quemados
Por el arraigo? ¿Hasta cuándo dormirá con nosotros las noche sin fatigarse,
sin dejar de ser la matrona de los callejones oscuros de la muerte?
¿Tiembla la lucidez o el aceite que la congrega?
En los días amargos se ahoga, en el fango de los espejos, las máscaras de polvo
de los transeúntes, el rocío quebrado por las inclemencias.
En las equidistancias, es lo mismo el dolor a la alegría: cada fuego desemboca
en las sombras ardientes de los ojos. A veces en el hueco del pecho.
Los tiempos que vivimos nos hacen un júbilo clandestino: una cerradura tras otra, dolorida de ceniza. Cada instante es una flor extraña.
En este diálogo permanente, ¿quedan intactas las palabras, la claridad
On también  la tormenta del odio? —Uno ya no sabe cuál sed es mayor al miedo, 
al nudo de los antros sobre los hombros y las sienes.
El caos nos embadurna hasta llegar a las profundidades del aliento.
(En el horizonte, sin embargo, hay banderas de todos los colores. De seguro,
el humo también goza de memoria, al igual que ciertas negociaciones a ultranza. 
La historia siempre resulta ser una funeraria de dudoso talante.)
Barataria, 19.III.2016

miércoles, 13 de abril de 2016

VIENTO DEL DESVELO

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VIENTO DEL DESVELO




En los altos pinares del ojo, la llaga redonda de los trenes del insomnio.
Siempre será una especie de alambrada colgando de ventanas.
Los ecos a la distancia aúllan entre los dientes: no hay brújula para sostener
los encajes del país, ni morral para guardar la abundancia de saliva.
Con tanta dosis de desvarío se desvanecen los candiles, el ojo de la cerradura,
la densa acechanza de las mochetas.
A veces hay que morderle las axilas a los rincones deshabitados.
Grito, rio, huyo del costado de las hechicerías, me alejo de la muerte
y sus complicidades, de los jadeos febriles del olvido, del rasguño de eternidad
que tienen los lavatorios, o del golpe del luto que juega a inocencia.
Zumba el tizón del viento alrededor de mis costados.
Entre el sonambulismo y el desvelo, se ven los crímenes fundidos en el umbral,
y la tempestad fosforescente de la caverna
y las apariencias de los rostros desfallecidos en la sal del abismo,
y los nombres decapitados por la dentellada.
Uno camina a riego de todo alrededor de los sueños, invadido por ruinas.
Para cavar en el grafiti de las paredes se necesitan muchas plegarias y rituales,
supongo que con escapularios y agua bendita, con las uñas largas por si acaso.
Detrás de toda la escarcha de las sombras, el fluir incesante de las criptas,
y la vena rota de la herida con vocación de ceniza.
Uno no sabe —por cierto— cómo hacerle frente a las adversidades.
Barataria, 17.III.2016

domingo, 10 de abril de 2016

EQUÍVOCOS

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EQUÍVOCOS




Existe cierta retórica en las tantas geografías de la palabra: al parecer,
la supuesta belleza sólo la ostentan ciertos edenes todavía no revelados,
o ciertas estatuas, por desgracia, en disputa.
Por cierto, vivimos en un país donde siempre se idolatran las lágrimas.
A fuerza de engaños se quieren elevar a pájaros las piedras y la alevosía.
O deglutir al cisne maltratado de la garganta. O elevar a inmortalidad las heces.
En esto de la escritura cada quien tiene sus antros.
Desde esa máscara en blanco y negro es fácil hacerle ruido a la memoria.
Desde el lado del aparente olvido, no cuesta negar las esquinas del escalofrío.
Uno debe salir a la calle y sentir los olores pestilentes del tiempo.
Alguien se masturba con las teorías y se da golpes de pecho.
Alguien desde pequeños recados teoriza con la ética.
Hay suficientes espejos para ver en cuál de ellos cuelga la herrumbre y el tizne.
(Yo ya vengo de caminar entre la neblina y dan asco los empecinamientos,
las paredes donde se orinan las bestias, y el prurito de convertirse
en canonizador del orgullo nacional. No es nueva la danza manifiesta.)
Nada tan cierto como no abatirse ante las inclemencias y los jueces: hijos, claro,
de apretadas soledades, trémulos en su espesa sombra.
Como diría Gil-Albert: “Se hace imposible ya no morir con un asco de rabia”,
frente a los cementerios de la patria. (A menudo la falacia es dudoso escondrijo,
y trasnochada máquina para fabricar sombras.)
Barataria, 16.III.2016

viernes, 8 de abril de 2016

RÁFAGA DE HOLLÍN

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RÁFAGA DE HOLLÍN




Entre el cuartón y las pupilas o las sienes, la lengua áspera de hollín.
Hasta este día aún permanece intacto en el tabanco.
Pareciera que nada se rompe en la simbología de la oscuridad.
Hay absolutos en la pupila monocular del infinito, en ciertos arquetipos
del ardid, en la mirada bidimensional del inconsciente.
En la noche irremediable, las pulgadas ciegas del vacío, ¿quién desata la sombra
para acercarse a la luz? ¿Quién se anticipa al fuego?
En nuestro mundo, el mundo de las sombras: lo inaudito, lo irrestañable
del desvelo, esas pequeñas calles subterráneas del aliento.
En medio de la densidad enceguecida, lo blanco o lo oscuro, el sueño exasperado 
de las palabras que se ahogan en el barro.
Sólo el espejo es visible en este lavatorio de sutiles ojos. Sólo el espejo.
En esta razón de hacer visible la oscuridad, la escritura sobre la vida
o el páramo, las ventanas del pétalo de la ráfaga, la nostalgia solamente.
Entre la vigilia y los sueños, ese surco de recuerdos que cruzan el umbral.
Antes del pensamiento, el tacto: esa mirada larga e incesante del tiempo,
allí, saber y olvido en la nada,
quizá, aridez y despojo, utopía y autoinmolación.
Todo se parece a la historia real de los objetos, a la condición de posibilidades.
Escrito está en la necesidad de las invocaciones: a menudo es ambigua y ciega
toda la escritura que nos anticipa el hollín, este soplo de árbol ciego.
Barataria, 13.III.2016

martes, 5 de abril de 2016

VIAJE

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VIAJE




Una cobija de trenes en la boca saliente de la mañana.
Debajo de la furia de estas alas, el diluvio de sed, el hondo mar de la tormenta.
Nunca hay absolutos en los ojos del tiempo, ni esquinas para hacer
de la alegoría una consigna.
De los tantos sumarios del hedor, únicamente me quedan los candelabros
y esos huecos que dejan los trencitos de madera en el aire.
La perplejidad me arroja a las pezuñas del escombro, al ojo parchado
del mundo, o a los excrementos que nos dejan las barbas en remojo del país.
Sólo una idea es posible entre el susurro: saltar la frontera del suicidio y hacer
el evangelio junto al tránsito del cierzo.
(Ningún lugar aquí es bueno para el refugio, ningún árbol, ni calendario.
El sol sólo desvela las tumbas y este universo de sucios y crudos laberintos.)
Debajo de las cobijas, las campanas amarradas al humillo de colillas.
Hoy, ya no hay excepción para la súplica.
Se ha hecho habitual el desprecio y el sometimiento a la noche. (Mañana,
es probable, sólo seremos, vestigios de esta oscuridad inmóvil del paraíso.)
—Cada quien camina, —de seguro—, al filo de la muerte, desgastada la luz
y encendidas las sombras: crece el miedo contra el hierro de la ráfaga.
Ya ha corroído casa y huesos.
¿Hasta dónde nos llevará esta mosca amarilla del deshilván y el crimen?
Unos todavía están pensando en la fórmula mágica de las teorías del goteo…
Barataria, 2016

domingo, 3 de abril de 2016

EN MEDIO DEL PANAL

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EN MEDIO DEL PANAL




Hay nombres acumulados o disueltos en aquel extraño paraíso: huele mal
la muerte y ciertos rincones del bajo mundo de los huesos.
No hay nombres, sólo los múltiples nombres de la ceniza y sus apéndices.
Uno no puede entender los manifiestos de saliva frente al asco.
Sobre el ojo descuajado, los tejados secos y el galope negro de la ponzoña.
Sangra el sueño como un semoviviente en el matadero.
El abecedario nos carcome con su grito de polilla, con su espacio de guerra,
el territorio gris de los refugiados.
Uno perdió la cuenta de todos los lutos que tienen los cementerios.
La vida es inevitable en los filos de las miradas, entre aguas sin botellas,
el párpado disuelto de las enredaderas, o el racimo de golpes despedazados
del espejo. Uno debe acostumbrarse a las aguas negras del suspiro.
Mientras unos nacen, la mosca petrificada de la violencia. (En el tren del corazón 
siempre las probabilidades de la impaciencia, los caminos que en los ojos alargan 
la nada hasta el cansancio. El torpe juego de la oferta y la demanda.
En el retrete infecundo de los cadáveres solo la muerte y su cadena de ascos.
Cada vez que arrecia la risa en secreto se arrima el río de lo impuro: uno cree
que en aquella lágrima cristiana está la salvación.)
Hay recuerdos que asustan como golpes intermitentes, como piedras
en la punta de los dedos, como un grifo que gotea silencioso en el pocillo
del pecho, hasta abrirlo tal las amarillas congojas del día a día.
En plena infancia, los féretros. Entre los escombros, el ojo de sed del suspiro.
Barataria, 2016

viernes, 1 de abril de 2016

LABERINTOS INCANDESCENTES

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LABERINTOS INCANDESCENTES




Uno no puede dejar de tener dientes, ni abandonar al chucho flaco con jiote,
en pleno universo de culpables o inocentes. Hay tragaluces con feroces apariencias 
como esa sombra de recuerdos confiada a los cuchillos.
Danzan los ojos en el hollín derruido de los horcones del infinito: la caridad,
no deja de ser póstuma cuando las sustancias de la lengua incuban cadáveres,
cuando la animosidad prevalece sobre el incienso
y se desatan aquellas carnicerías traducidas del magma y el tizne.
¿Cuál es la vía directa a los trenes?
¿Debajo de qué sepulturas el grito despellejado de la desesperanza?
¿Quién tranza en medio de los desfiladeros de la sed, aquí donde la ropa
del miedo nos cubre? ¿En qué cuencas de la noche los vacíos de la caligrafía?
La demencia es absoluta: el tiempo ya no resiste las recriminaciones,
ni el disfraz aledaño a la sobrevivencia, ni el fogueo procaz de los retretes,
ni estos altavoces quebrados de los huesos.
De pronto la realidad es un cajón con cuetillos, esa forma orgásmica y pasional 
del adulterio, la otra cara enciclopédica de los sombreros.
Ante los poderes plenipotenciarios de la saliva, obedezco según las órdenes 
o instrucciones del momento: soy animal callejero, mísera sombra.
El viento es sórdido como la ceniza sudorosa de ciertos lugares invertebrados.
Son extraños los sueños que nos vienen junto a los escalofríos.
—Aúllan los ojos cuando atraviesan los viejos durmientes del aliento:
—desde el insomnio— sabemos cuando el tabaco se enreda en el crepúsculo.
Barataria, 2016